Ubicada en el corazón de Iztapalapa, el Metro Atlalilco es una estación con nombre antiguo y una función moderna. Su nombre proviene del náhuatl y significa donde se contiene el agua, un reflejo directo de la historia lacustre del Valle de México y de la división ancestral de esta región en dos zonas: Axomulco al oriente y Atlalilco al poniente. El ícono de la estación, un pozo de agua, nos recuerda esta raíz etimológica y la importancia vital del líquido en la conformación del territorio.

Antes de que Iztapalapa fuera absorbida por la expansión urbana, esta zona estaba organizada en ocho barrios agrupados en dos medios pueblos, y Atlalilco era uno de ellos. Hoy, su huella persiste sobre todo en el barrio de Santa Bárbara, uno de los lugares que la estación Atlalilco sirve directamente, junto con las colonias Santa Isabel Industrial, Los Cipreses y Ricardo Flores Magón.

La estación destaca por ser punto de correspondencia entre la Línea 8 y la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México, aunque este transbordo es uno de los más polémicos: con una distancia de 880 metros entre ambas plataformas, es el más largo de toda la red. Este peculiar detalle se debe a que, originalmente, se pensaba construir una estación adicional llamada Axomulco, que conectaría ambas líneas. Sin embargo, el proyecto fue cancelado por motivos operativos, obligando a una conexión forzada en Atlalilco. Así, desde su apertura en 2012, este transbordo ha generado incomodidad y se ha convertido en un símbolo de la mala planeación urbana.

A lo largo de su historia, la estación ha sido utilizada también como terminal provisional de la Línea 12 en dos ocasiones: una entre 2014 y 2015 por trabajos de mantenimiento, y otra en 2023 tras el desplome en el tramo Tezonco-Olivos, lo que demuestra su importancia estratégica para el sistema de transporte colectivo.

En cuanto a cifras, Atlalilco registra un tráfico constante de pasajeros. En 2023, la sección correspondiente a la Línea 12 tuvo una afluencia de más de 6.3 millones de personas, mientras que la Línea 8 superó los 5 millones de usuarios, convirtiéndola en una estación clave en la movilidad del oriente de la ciudad.

Más allá de los números y la infraestructura, Atlalilco representa la conexión entre el pasado prehispánico y la ciudad contemporánea. Aunque no se conservan monumentos arqueológicos en la zona, el nombre nos remite a un tiempo en el que los canales, pozos y cuerpos de agua definían la vida cotidiana. Hoy, esa historia fluye bajo tierra, entre vagones y pasillos largos, acompañando silenciosamente a los miles de usuarios que transitan por ella todos los días.