En pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, sobre la calle de San Ildefonso, se alza un edificio que ha sido testigo de momentos clave en la historia del país: el Templo y Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo. Fundado por los jesuitas en el siglo XVI como un centro educativo y religioso, este recinto no solo destaca por su impresionante arquitectura barroca, sino también por haber sido escenario de algunos de los capítulos más importantes del nacimiento de la nación mexicana.

Un colegio “máximo” para una colonia en expansión

Fundado oficialmente en 1574 por la Compañía de Jesús, el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo se convirtió rápidamente en uno de los centros educativos más relevantes del Virreinato de la Nueva España. Su título de “máximo” no era gratuito: desde aquí se supervisaban otros colegios jesuitas en ciudades clave como Puebla, Guadalajara, Mérida y Tepotzotlán.

El templo del complejo fue diseñado por el arquitecto jesuita Diego López de Arbaizo y construido entre 1576 y 1603, mientras que el resto del conjunto fue finalizado en 1645. Con más de 800 alumnos inscritos en su mejor momento, este colegio fue semillero de figuras notables como Francisco Javier Alegre y Francisco Javier Clavijero.

Del esplendor al abandono… y de regreso

La historia del recinto dio un giro en 1767, cuando los jesuitas fueron expulsados de todos los territorios españoles. El colegio cerró sus puertas y comenzó a tener diversos usos: fue cuartel militar, sede del Monte de Piedad, y la iglesia pasó a manos de los agustinos. Muchos de sus valiosos retablos y obras de arte fueron redistribuidos a otras iglesias de la ciudad, especialmente a la Catedral Metropolitana.

Cuando los jesuitas regresaron en 1816, encontraron el complejo en ruinas y nunca lograron restablecer el colegio como antes. Sin embargo, el templo viviría otro momento crucial años más tarde…

Aquí se escribió la historia

En 1824, el antiguo templo fue sede de las primeras sesiones del Congreso Constituyente, donde se redactó la primera Constitución Federal de México. También fue aquí donde Guadalupe Victoria juró como primer presidente de México, y donde se decidió la creación del Distrito Federal. Por todo esto, este templo se considera uno de los espacios fundacionales de la República Mexicana.

Arte, ciencia y cultura

A lo largo del siglo XIX y XX, el templo y el colegio tuvieron usos muy variados: fue biblioteca, salón de baile, hospital psiquiátrico, escuela de música, bodega de la aduana y hasta sede de una escuela nocturna. En los años 20, el entonces secretario de Educación, José Vasconcelos, lo transformó en un “Salón de Discusión Libre”, y encargó su redecoración a muralistas como Roberto Montenegro y Xavier Guerrero.

Uno de los murales más emblemáticos, El Árbol de la Vida de Montenegro, se considera el primer mural moderno en México. En 1944, el templo albergó la Hemeroteca Nacional, y más adelante, se convirtió en el primer hogar del Museo de la Luz.

Hoy: sede del Museo de las Constituciones

Desde 2011, el antiguo templo alberga el Museo de las Constituciones, gestionado por la UNAM. El museo ofrece un recorrido fascinante por los momentos clave del constitucionalismo mexicano, desde la época virreinal hasta la Constitución de 1917, con salas temáticas que explican el contexto social y político de cada etapa.

La fachada del templo, mezcla de estilos barroco y neoclásico, es sobria pero majestuosa, con vitrales diseñados por Montenegro, entre ellos los icónicos El Jarabe Tapatío y La Vendedora de Pericos. El interior, con planta de cruz latina y contrafuertes interiores, sigue siendo un espacio que invita a la reflexión, la historia y el arte.


Visitar el antiguo Colegio de San Pedro y San Pablo no es solo recorrer un museo: es caminar por los pasillos donde México empezó a imaginarse a sí mismo como una nación libre y soberana.