En plena calle de Moneda, a unos pasos del Palacio Nacional, se encuentran dos construcciones que a simple vista podrían parecer gemelas, pero que guardan siglos de historia y una leyenda romántica que ha sobrevivido al paso del tiempo. Se trata de las Casas del Mayorazgo de Guerrero, también conocidas como las Casas del Sol y la Luna, dos edificios barrocos que fueron testigos del poder virreinal, la vida cotidiana de la Nueva España y el nacimiento del México moderno.
Una herencia virreinal
Estas casas fueron construidas originalmente en el siglo XVI por Juan Guerrero de Luna, quien recibió una concesión de tierras por parte del rey Felipe II. Así nació el mayorazgo familiar que mantendría el control de las propiedades durante todo el periodo virreinal. Aunque su estructura original data del siglo XVI, la apariencia actual se debe a la reconstrucción realizada en el siglo XVIII por el arquitecto Francisco Antonio Guerrero y Torres, uno de los más importantes de la época.
Durante ese tiempo, la casa occidental funcionaba como residencia principal, mientras que la oriental estaba destinada a la servidumbre y almacenes, aunque ambas compartían el estilo elegante de la arquitectura novohispana: fachadas de tezontle rojo oscuro, detalles en piedra chiluca blanca, balcones de hierro forjado y elementos decorativos dedicados a la Virgen María.
Una leyenda entre el Sol y la Luna
En la esquina de las calles de Moneda y Correo Mayor, se pueden ver dos relieves curiosos: uno del Sol y otro de la Luna. Según una leyenda local, estos símbolos fueron mandados colocar por Enrique de Luna, esposo de Doña Sol de Olmedo, en respuesta a los celos provocados por un virrey que, encantado con su esposa, le había regalado una casa justo en ese lugar. Enrique la demolió por completo y construyó una aún más espléndida. Como acto simbólico, unió para siempre sus nombres en piedra con las figuras del Sol y la Luna, sellando su amor y alejando al virrey para siempre.
De nobleza a cultura popular
Tras la Independencia de México, la familia Guerrero de Luna fue perdiendo el control de sus propiedades. La casa principal fue usada para funciones públicas, mientras que la oriental se dividió en apartamentos y locales comerciales. A finales del siglo XIX, el célebre José Guadalupe Posada, creador de las famosas calaveras grabadas, vivió y trabajó en la casa oriental, inspirado por la vida del pueblo que observaba desde su taller.
En 1914, cuando la antigua Universidad fue demolida, la casa principal se convirtió en sede del Conservatorio Nacional de Música, donde incluso el artista Rufino Tamayo pintó un mural dedicado al canto y la música. Aunque fue un espacio digno, no era suficiente como escuela, al punto que el único lugar disponible para una cancha de basquetbol fue uno de los patios interiores.
Detalles que cuentan historias
Ambas casas tienen elementos que las hacen únicas: pilastras decoradas con rosas y azucenas, relieves barrocos y un hermoso nicho con la imagen de la Virgen María. Además, cuentan con dos patios interiores conectados por un pórtico, lo que refleja la típica distribución de las casonas virreinales.
Hoy, estas casas están declaradas monumento histórico, y siguen en pie como testigos de los siglos, guardando dentro de sus muros historias de amor, arte, política y vida cotidiana.
Las Casas del Mayorazgo de Guerrero no solo son un testimonio de la arquitectura barroca mexicana: son una cápsula del tiempo que conecta el pasado virreinal con el México moderno, envueltas en leyendas y símbolos que aún despiertan la curiosidad de quienes las visitan.

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