En el barrio de La Merced, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, entre callejones coloniales y antiguos palacios, se levanta un edificio que ha sobrevivido siglos de transformaciones: el Templo y Exconvento de Santa Inés, una joya arquitectónica que hoy alberga al Museo José Luis Cuevas, pero que comenzó como un proyecto lleno de generosidad, fe y visión social.
Una fundación distinta en la Nueva España
Todo comenzó a fines del siglo XVI, cuando Diego Caballero e Inés de Velasco, una pareja de gran fortuna, decidieron dedicar parte de sus recursos a la fundación de un convento para mujeres españolas pobres y sin dote. A diferencia de otros conventos de la época, como Regina Coeli o San Jerónimo, que solo admitían a jóvenes con recursos, Santa Inés ofrecía entrada gratuita, con manutención completa, gracias a una renta anual asegurada por la producción del ingenio azucarero de Amilpas, en Cuautla.
En 1595, el Papa Clemente VIII aprobó la fundación del convento por medio de una bula, y en 1598 el rey Felipe II emitió la cédula correspondiente. Un año después, en 1599, doña Inés falleció, y fue enterrada en el templo en construcción. Finalmente, el 17 de septiembre de 1600, cuatro monjas concepcionistas se instalaron en el nuevo monasterio, que quedó bajo la orden de la Concepción.
Un templo entre inundaciones, incendios y reconstrucciones
Desde sus primeros años, el convento tuvo que lidiar con inundaciones, daños estructurales y hasta un incendio en 1693 que lo dejó endeble. A pesar de ello, el lugar continuó siendo un espacio religioso activo durante todo el periodo colonial. En 1785, tras décadas de deterioro, el afamado arquitecto Francisco Guerrero y Torres fue comisionado para reconstruir el templo con un estilo más sobrio, en línea con los ideales del neoclasicismo que promovía la recién fundada Academia de San Carlos. Las obras concluyeron en 1790 y dieron como resultado un edificio elegante, funcional y menos recargado que los templos barrocos típicos de la época.
Las dos portadas gemelas de estilo barroco sobrio siguen siendo una de las joyas arquitectónicas del templo, junto con sus puertas de madera originales, finamente talladas con escenas de la vida de Santa Inés y Santiago Matamoros, además de los retratos de sus fundadores.
De convento a vecindad… y museo
El siglo XIX trajo consigo los cambios más radicales: en 1861, con la aplicación de las Leyes de Reforma, el convento fue expropiado. Solo quedaban 17 religiosas, quienes fueron trasladadas a Santa Teresa la Nueva. Tras un breve regreso durante el reinado de Maximiliano, las monjas fueron definitivamente expulsadas.
A partir de entonces, el convento fue dividido y vendido en lotes, convirtiéndose en vecindad, almacén de telas e incluso taller de carrocería. A pesar de todo, su valor histórico fue reconocido y en 1932 fue declarado Monumento Histórico. Sin embargo, el deterioro continuó hasta la década de 1980.
El renacer: nace el Museo José Luis Cuevas
Fue hasta 1983 cuando, por iniciativa del propio artista José Luis Cuevas, el gobierno de la ciudad adquirió lo que quedaba del exconvento para convertirlo en un museo de arte moderno. En 1988 comenzaron los trabajos de restauración dirigidos por un equipo multidisciplinario que incluyó arqueólogos, restauradores y arquitectos. Las exploraciones revelaron pinturas murales, fuentes, azulejos del siglo XIX e incluso los cimientos originales del siglo XVII, hoy ocultos bajo los pisos actuales.
El 8 de julio de 1992, se inauguró oficialmente el Museo José Luis Cuevas, en presencia del presidente Carlos Salinas de Gortari, intelectuales, artistas y personalidades del mundo cultural. El museo no solo conserva y expone la obra del propio Cuevas, sino que también alberga una colección de más de 1,800 piezas de arte latinoamericano contemporáneo, enmarcadas por el imponente claustro del antiguo convento.
Visitar Santa Inés: pasado y presente bajo un mismo techo
Hoy, quienes visitan el Templo de Santa Inés no solo encuentran un recinto religioso lleno de historia, sino también un espacio vivo, donde el arte contemporáneo convive con los ecos del virreinato. Desde los relieves en las puertas hasta las salas del museo, cada rincón de este conjunto cuenta una historia de fe, cultura, transformación y resistencia.

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