En el Centro Histórico de la Ciudad de México, entre calles con siglos de historia, se alza un edificio que ha sido testigo de los cambios más profundos del país: el Convento de la Encarnación. Fundado en 1594 por monjas concepcionistas, este espacio fue en su momento uno de los conventos más grandes y ricos de toda América.

Lo que hoy es la sede de la Secretaría de Educación Pública (SEP), alguna vez albergó a más de 300 religiosas que, para ingresar, debían pagar una dote. Las monjas vivían rodeadas de huertas, claustros majestuosos y capillas, dentro de un recinto tan grande y elegante que la escritora Madame Calderón de la Barca lo describió como más bello que muchos palacios europeos.

Su construcción avanzó por etapas: la iglesia principal, diseñada por el jesuita Luis Benítez, fue inaugurada en 1648. La arquitectura destaca por su elegante mezcla de piedra volcánica (tezontle) y chiluca, su cúpula octagonal con una inscripción que reza Líbranos Señor de todo mal, y su campanario recubierto de talavera al estilo morisco, muy parecido al de Santa Catalina en Puebla.

El convento no solo tenía un impresionante diseño arquitectónico, también era dueño de más de 80 propiedades en la ciudad, desde casas y granjas hasta comercios y posadas. Sin embargo, con las Leyes de Reforma en el siglo XIX, las religiosas comenzaron a vender todo. En 1863 fueron exclaustradas y el lugar pasó por muchas manos: fue escuela de párvulos, sede de la Lotería Nacional, cuartel militar e incluso la Escuela Normal de Profesoras.

Una de las transformaciones más importantes llegó en 1921, cuando el gobierno decidió convertir este complejo en la sede de la SEP. Desde entonces, sus pasillos han sido testigos de la historia educativa del país. Años después, en 1994, se inauguró el Museo de la SEP, con piezas arqueológicas y objetos cotidianos del convento: desde vajillas de porcelana china traídas por la Nao de Manila hasta coronas funerarias utilizadas en ritos religiosos.

Y por supuesto, uno de los grandes tesoros del edificio son los murales de Diego Rivera, quien entre 1923 y 1928 plasmó en sus muros más de 200 obras que narran la lucha social, el trabajo campesino y la dignidad del pueblo mexicano. Su mural La entrada a la mina recibe a los visitantes justo en la entrada del museo.

Hoy, caminar por este lugar es encontrarse con más de cuatro siglos de historia: un espacio que pasó de la contemplación religiosa a ser símbolo de transformación y educación nacional. ¿Quieres conocerlo? Entonces busca el Museo Vivo del Muralismo, Historia y visita los murales.