En una esquina tranquila del Centro Histórico de la Ciudad de México, donde la calle peatonal Regina se encuentra con Bolívar, se levanta uno de los templos más hermosos —y menos conocidos— de la capital: el Templo de Regina Coeli, cuyo nombre en latín significa “Reina del Cielo“, en honor a la Virgen María.

Este recinto guarda siglos de historia, arte barroco y leyendas que lo convierten en un verdadero tesoro escondido en plena ciudad.

Un convento de historia profunda

La historia del templo comienza en 1573, cuando se autorizó la fundación de un convento para las monjas concepcionistas, una orden religiosa dedicada a la vida de clausura. Fue el segundo convento de esta orden en la Nueva España, y desde aquí, las monjas fundaron otros en Oaxaca, San Miguel de Allende y otras partes del país.

El templo actual se terminó de construir en 1655 y fue consagrado de nuevo en 1731. Durante la Reforma del siglo XIX, el convento fue cerrado y convertido en propiedad del Estado. El edificio fue vendido, utilizado como cuartel e incluso como criadero de animales, hasta que en 1931 fue declarado Monumento Artístico. Desde entonces, ha vivido distintas restauraciones, pero aún enfrenta problemas estructurales, principalmente por filtraciones de agua que han dañado parte de su estructura y pinturas murales.

Una joya del arte barroco mexicano

La arquitectura del templo es sobria por fuera, pero rica y deslumbrante por dentro. Su altar principal, hecho de madera dorada al estilo churrigueresco, es un ejemplo clásico del barroco mexicano del siglo XVIII. Está decorado con esculturas, pinturas y detalles en oro que aún hoy sorprenden a quien entra al templo.

Uno de los altares más importantes es el de Nuestra Señora de la Fuente, diseñado por Felipe de Ureña, un referente en la historia del arte sacro mexicano. Esta obra combina elementos geométricos, nichos decorativos y una Virgen con estilo folklórico que contrasta con los exuberantes detalles barrocos que la rodean.

En sus muros y altares también se encuentran pinturas de Nicolás Rodríguez Juárez y José de Ibarra, así como esculturas de santos y vírgenes talladas en madera. También destaca la cúpula decorada con imágenes de los Padres de la Iglesia, como San Agustín y San Jerónimo.

Entre leyendas y milagros

El templo no solo guarda arte e historia, también es escenario de leyendas que han sobrevivido al paso del tiempo. Una de las más conocidas es la de una monja que sanaba enfermos con panes milagrosos; otra, la de un hombre que robó una figura sagrada y apareció ahorcado dentro de la iglesia. Estas historias fueron dramatizadas por la Compañía Nacional de Teatro Clásico Fénix Novohispano, en una obra titulada Historias de vivos, muertos y aparecidos.

Además, la capilla de los Medina Picazo, construida por la familia de una monja fallecida en el convento, guarda no solo recuerdos personales, sino también una colección de óleos religiosos y detalles arquitectónicos impresionantes, como columnas onduladas, medallones y símbolos del sol y la luna.

Un oasis barroco entre calles modernas

Hoy en día, el templo sigue abierto al público y ofrece misas, confesiones y visitas. Frente a él, la calle Regina ha sido renovada como un corredor peatonal, con árboles, bancas y ambiente tranquilo, ideal para detenerse a contemplar este antiguo convento que alguna vez ocupó más de 11,000 metros cuadrados.

Aunque muchas de sus áreas hoy pertenecen al Hospital Concepción Béistegui, el templo conserva su esencia como un espacio de paz, arte y memoria. Sus retablos dorados, su historia de mujeres que consagraron su vida a la fe y su rica arquitectura lo convierten en un lugar que vale la pena descubrir.