A tan solo unos pasos del Zócalo capitalino, en la esquina de las calles 20 de Noviembre y Venustiano Carranza, se encuentra una iglesia que suele pasar desapercibida, pero que guarda siglos de historia, arquitectura barroca y anécdotas de transformación urbana: la Iglesia de San Bernardo.
Una historia que sobrevive a los cambios
La iglesia es lo único que queda de un antiguo convento fundado en 1636, gracias al legado de Juan Márquez de Orozco, un comerciante novohispano que donó su fortuna para fundar un convento de monjas cistercienses. Aunque paradójicamente, la orden del Císter nunca llegó a habitarlo, sí lo hicieron monjas concepcionistas provenientes del convento de Regina Coeli. A lo largo de su historia, el lugar recibió el respaldo de personajes influyentes como el Marqués de San Jorge y el Conde de San Mateo de Valparaíso, quienes financiaron reparaciones y ampliaciones.
Durante el siglo XIX, en plena Reforma y bajo el mandato de Benito Juárez, el convento fue demolido como parte de las leyes que suprimieron monasterios y conventos en todo el país. Solo la iglesia logró sobrevivir. Esta demolición dio paso a la apertura de una de las arterias más importantes del Centro Histórico: la avenida 20 de Noviembre. Como parte de esta transformación urbana, una de las portadas originales del templo —la que hoy mira hacia dicha avenida— fue trasladada desde el otro lado del edificio.
Un barroco discreto que resiste el tiempo
Aunque de apariencia sobria, la iglesia de San Bernardo es un ejemplo elegante de un barroco “discreto”. Su fachada principal, revestida en tezontle rojizo y chiluca, destaca por dos portadas que contienen esculturas de San Bernardo de Claraval, el santo que le da nombre, y de la Virgen de Guadalupe.
El templo fue diseñado por el arquitecto Juan Zepeda y terminado en tiempo récord entre 1685 y 1687. Más adelante, ya en el siglo XVIII, el conde de San Mateo de Valparaíso le dio su aspecto actual al revestirla con piedra cortada de manera geométrica, una intervención que también coincide con su rededicación en 1777.
En el interior, el altar principal presenta un estilo neoclásico, lo que lo distingue del barroco exterior. En la entrada, una placa conmemora los 350 años del convento original, celebrados en 1986, como recordatorio de un pasado que, aunque fragmentado, sigue presente.
Un rincón con historia entre la modernidad
Hoy en día, la Iglesia de San Bernardo no solo representa un vestigio arquitectónico de otra época, sino también un testimonio silencioso de cómo la Ciudad de México se ha transformado. Mientras a su alrededor todo ha cambiado —avenidas, edificios, ritmos—, este pequeño templo sigue en pie, resguardando el espíritu de las mujeres que lo habitaron y las historias de los benefactores que lo hicieron posible.
Si caminas por el Centro Histórico, tómate un momento para detenerte frente a su fachada. Tal vez descubras que en los rincones más discretos es donde se esconden las historias más profundas.

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