Quienes han trabajado en la antigua Feria de Chapultepec, hoy Parque Aztlán, conocen bien la historia que corre de boca en boca y que, aunque nunca fue publicada en periódicos ni noticieros, ha sembrado miedo durante décadas. Se habla de un niño fantasma, de unos ocho o nueve años, vestido con ropa de los años ochenta: pantalón corto, camiseta con rayas desteñidas y unos tenis gastados. Llora, siempre llora, mientras repite entre sollozos: “mamá… mamá…”.
Aparece de noche, casi siempre minutos antes del cierre del parque, cuando las luces comienzan a apagarse y las sombras se alargan entre los juegos mecánicos. Suelen verlo en las inmediaciones de lo que hoy es La Cucaracha, el Laka Laka, el Carrusel e, inquietantemente, también en los baños.
Algunxs visitantes aseguran haber intentado ayudarlo, acercándose con ternura para preguntarle qué le ocurre. El niño, con lágrimas que parecen no secarse nunca, los mira un instante… y entonces simplemente se desvanece, como si nunca hubiera estado allí. Lo más perturbador es que quienes lo han visto aseguran escuchar todavía, después de su desaparición, el eco de su llanto flotando entre los árboles y las atracciones vacías.
Dicen que su nombre era Julián y que su historia quedó enterrada bajo el silencio de los ochenta.
La noche del 27 de septiembre de 1984, Blanca, una madre soltera, decidió llevar a su hijo a la feria para celebrar. Llegaron temprano, llenos de ilusión, disfrutando de las luces, los juegos y las risas. Julián ganó un peluche en un tiro al blanco: un pequeño alien verde que no soltó en toda la tarde.
Cuando el reloj se acercaba al cierre, Blanca dejó a Julián sentado cerca del Carrusel, prometiéndole que en un instante regresaba con refrescos. Pero Blanca jamás volvió. Simplemente desapareció.
El niño, aterrado, comenzó a llorar y a llamar a su madre, abrazando con desesperación su muñeco. Empleadxs y guardias intentaron calmarlo mientras buscaban a la mujer. No tardaron en recibir la noticia: Blanca había sido encontrada muerta detrás de la Cabaña del Tío Chueco. Su cuerpo mostraba profundas incisiones, dispuestas como símbolos extraños, rodeado de velas y restos de brujería.
Cuando se lo dijeron a Julián, el pequeño gritó con tal desesperación que su llanto heló la sangre de todos. Minutos después, se desplomó, muerto de un infarto fulminante, como si su corazón hubiera decidido acompañar a su madre.
Desde esa noche, dicen, la Feria nunca volvió a ser la misma. Algunxs empleadxs que trabajaron en los noventa aseguran que no solo Julián aparece: en ocasiones, al fondo de los pasillos oscuros o en los espejos del baño, se distingue la silueta de una mujer. Blanca., quien observa, inmóvil, con ojos vacíos.
Pero lo más aterrador es lo que cuentan los vigilantes más recientes: Si alguien escucha el llanto del niño y no se resiste a buscarlo, tarde o temprano lo encuentra. El niño, con la cara bañada en lágrimas, les ofrece su muñeco de alien. Si lo aceptan, jamás despiertan al día siguiente. El juguete aparece en sus manos, aunque el cuerpo ya esté frío.
Y así, entre las luces brillantes de la nueva feria, en algún rincón olvidado del Parque Aztlán, todavía se escucha un sollozo lejano. Julián sigue llorando, y tarde o temprano, alguien volverá a seguir su llanto.
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Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.