En el Parque Popular Cuatro Vientos, en la colonia Peralvillo, las noches esconden una presencia que pocxs se atreven a mencionar en voz alta. Junto a las jardineras que dan a la calle Ernesto Elorduy, frente al Mercado San Joaquín, aparece una figura tambaleante: el Teporocho Fantasma de Peralvillo.

No es un espíritu que ataque o que busque aterrorizar, pero su sola presencia hiela la sangre de quienes lo ven. Surge cuando la bruma se arremolina entre los árboles y la penumbra cubre las bancas solitarias. Su andar errático, como de un hombre que no encuentra rumbo, se mezcla con el sonido lejano de algún perro callejero y con el silencio sepulcral de la madrugada.

Lxs vecinxs más viejos cuentan que su silueta se mueve lento, tambaleante, vestido con harapos, los ojos perdidos en la nada. A veces parece murmurar palabras ininteligibles, como si arrastrara penas que nadie puede escuchar. No se acerca, nunca enfrenta a quienes lo miran, pero tras de sí deja un frío antinatural y un olor fuerte, inconfundible, a alcohol rancio.

Muchxs jóvenes piensan que se trata de un invento para asustar, un simple mito barrial. Sin embargo, aquellxs que han vivido toda su vida en Peralvillo aseguran que lo han visto desde los años setenta, repitiendo la misma caminata infinita junto a las jardineras del parque.

Nadie sabe con certeza quién fue en vida el Teporocho Fantasma, pero la mayoría coincide en señalar a un hombre conocido como Don Memo. Vecino de la zona, cayó en desgracia víctima de sus vicios. Perdió casa, familia y amigos, y con el tiempo se entregó por completo a la bebida. Su refugio fueron las jardineras del Cuatro Vientos, donde dormía cada noche como si fueran su único hogar.

Una madrugada fría de septiembre, entre finales de los años sesenta y principios de los setenta, Don Memo ya no despertó. El destino lo alcanzó en medio de la soledad y la ebriedad: murió ahogado en su propio vómito, tendido en el mismo parque que lo había visto desplomarse tantas veces.

Desde entonces, su espíritu vaga sin rumbo, condenado a repetir su caminar sin fin. El Teporocho Fantasma no es una amenaza, sino un recordatorio lúgubre de la miseria y el abandono. Su sombra es parte de la identidad de Peralvillo, una presencia oscura que se niega a desaparecer con el tiempo.

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