¿Se puede sentir duelo por alguien que no conociste? ¿Se puede extrañar a alguien que murió antes de que nacieras? ¿La muerte de un bebé puede marcar la vida de quien llegó después? Hasta hace poco habría pensado que no, que es imposible llorar a alguien que jamás viste. Sin embargo, después de leer Blanco, de Han Kang, descubrí que estaba equivocado.
La autora surcoreana tuvo una hermana a la que nunca conoció. Una niña que nació sietemesina durante la primera helada del año y que murió apenas dos horas después, porque no alcanzaron a llegar al hospital. Sus padres vivían en la casa más alejada del pueblo y no tenían teléfono; el padre estaba fuera trabajando y la madre tuvo que dar a luz sola. Cuando por fin sostuvo a su hija entre los brazos, lo único que pudo decirle fue: “No te mueras. No te mueras.”
Aunque Han Kang nunca conoció a su onni (su hermana mayor), aquella breve vida marcó la suya para siempre. No solo porque su madre arrastró ese duelo durante años, recordándole una y otra vez la ausencia, sino porque la escritora entendió que, si esa bebé hubiera sobrevivido, ella tal vez nunca habría nacido. Creció en la sombra de esa muerte, pero también con la certeza de que debía agradecerle su propia existencia. Y aunque jamás la vio, vivió preguntándose cómo habría sido tener a esa hermana mayor.
Blanco no es una novela, tampoco un ensayo ni un poemario. Es, más bien, el espacio íntimo donde Han Kang dialoga con el duelo; un intento de despedirse y, al mismo tiempo, agradecer a esa hermana a la que nunca pudo conocer. Todo ello sostenido en una escritura delicada, poética y atravesada por un mismo hilo conductor: el color blanco.
En estas páginas, la autora busca mostrarle a su hermana lo bello del mundo, partiendo de la idea de que el blanco se asocia con la pureza. Sin embargo, mientras escribe sus reflexiones en una ciudad extranjera —muy probablemente Belgrado—, comprende que el blanco no es solo inocencia o claridad, sino también vacío, melancolía, añoranza e, incluso, destrucción.
Blanco es un libro imposible de encasillar. Con tintes autobiográficos, fragmentos narrativos y destellos poéticos, se convierte en una meditación sobre la pérdida, la memoria y el agradecimiento. Es un texto que nos recuerda que el duelo no se mide en el tiempo compartido, sino en la huella que deja la ausencia. Y que, a veces, incluso la vida que apenas se enciende alcanza para transformar a quienes vienen después.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.