En la Colonia Del Valle encontrarás un sinfín de calles con nombres de personajes importantes, pero hay una que llama la atención por su nombre peculiar: Torres Adalid. Y es que, por mucho tiempo, yo pensaba que esta calle hacía honor a algún edificio antiguo o a una familia de abolengo, pero no. Resulta que Torres Adalid rinde homenaje al mismísimo “Rey del Pulque”, un personaje clave en la historia del México porfiriano: Ignacio Torres Adalid.
El visionario que hizo del pulque un imperio
Nacido en la Ciudad de México hacia 1835, Ignacio Torres Adalid fue un hombre adelantado a su tiempo. Durante el Porfiriato, mientras México miraba hacia Europa en busca de refinamiento y modernidad, él encontró la prosperidad en una bebida profundamente mexicana: el pulque.
Dueño de la hacienda San Antonio Ometusco, en Hidalgo, logró convertirla en la más importante y próspera del país. A los magueyes les llamaba con humor “las vacas verdes”, pues de ellos obtenía su “leche” sagrada: el aguamiel que daría vida al pulque.
Su visión empresarial lo llevó a aprovechar el auge del ferrocarril —impulsado por su amigo y compadre, el presidente Porfirio Díaz— para distribuir la bebida por todo el país. Gracias a esa estrategia, el pulque vivió su época dorada, llegando incluso a cotizar en las bolsas de valores de Inglaterra y Nueva York.
El carácter de Don Nacho: entre el negocio y la beneficencia
Don Nacho, como lo llamaban, era un hombre de carácter fuerte, marcado físicamente por la poliomielitis que padeció de niño. De temperamento irascible, pero de enorme disciplina, logró amasar una fortuna inmensa —se decía que poseía más de 70 haciendas pulqueras— y fue proveedor de gran parte de las 817 pulquerías que existían en la Ciudad de México.
Sin embargo, detrás de esa fama de “duro negociador” había un filántropo convencido. Torres Adalid fue uno de los primeros en impulsar la asistencia privada en México: fundó instituciones de beneficencia, costeaba entierros, ayudaba a huérfanos y se aseguraba de que lxs hijxs de sus trabajadorxs tuvieran acceso a educación. Como escribió el cronista Federico Gamboa, “los centavos que iracundo peleaba en juzgados, los convertía en pesos duros que liberal y cristianamente derramaba entre los necesitados”.
Del Porfiriato al exilio
Ignacio Torres Adalid disfrutó de los lujos del Porfiriato —era miembro del Jockey Club, asistía a la ópera y al teatro, y frecuentaba la alta sociedad—, pero también sufrió las consecuencias de su tiempo. Al caer el régimen de Díaz y estallar la Revolución, sus haciendas fueron saqueadas y destruidas. Lejos de rendirse, intentó preservar parte de su riqueza para obras de caridad, nombrando albacea de su fundación a Juan Rivas Mercado, su cuñado.
Finalmente, el “Rey del Pulque” se exilió en Cuba, donde murió en 1914, a los 78 años. Años más tarde, sus restos fueron trasladados al Panteón Francés de la Piedad en la Ciudad de México.
El legado que vive en una calle
Hoy, el nombre Torres Adalid recorre una de las avenidas más transitadas de la Colonia del Valle, recordándonos que detrás de cada calle hay una historia, y detrás de cada historia, un personaje que dejó huella en la Ciudad de México. Don Ignacio Torres Adalid no solo impulsó la economía pulquera, sino que también supo combinar el progreso con la generosidad.
Así que la próxima vez que camines por Torres Adalid, recuerda que su nombre no alude a una torre ni a un linaje, sino al Rey del Pulque, un hombre que hizo de una bebida ancestral un símbolo de identidad, modernidad y mexicanidad.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.