En el oriente de la Ciudad de México, una de las avenidas más extensas y transitadas lleva el nombre de un veracruzano que dedicó su vida entera a estudiar y preservar el pasado indígena de México: Francisco del Paso y Troncoso. Hoy, el tramo conocido oficialmente como Eje 3 Oriente —que corre desde el Eje 6 Sur, donde la vía se llama Geógrafos, hasta Avenida Plutarco Elías Calles, donde continúa como Avenida Azúcar— rinde homenaje a un hombre cuya obra cambió para siempre la comprensión de la historia prehispánica.

Nacido en Veracruz en 1842, Paso y Troncoso inició su vida profesional en la medicina, pero la dejó para entregarse por completo a una disciplina que apenas se estaba formando: la antropología. Desde muy joven se interesó por las lenguas indígenas, especialmente el náhuatl, idioma que estudió con tal profundidad que llegó a impartirlo en la Escuela Preparatoria. Su dominio era tal que, en 1887, pronunció en náhuatl el discurso inaugural de la estatua de Cuauhtémoc en Paseo de la Reforma.

Además de su labor docente, fue un investigador incansable. Como director del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología —cargo que ocupó en dos ocasiones— fundó la Comisión Científica de Cempoala, con la que recorrió zonas arqueológicas de la costa veracruzana, describió monumentos, impulsó excavaciones y realizó algunos de los primeros estudios formales sobre sitios como El Tajín y la Pirámide de los Nichos. Sus observaciones se volvieron referencia para generaciones de arqueólogos.

Su obsesión por las fuentes documentales lo llevó también a Europa, donde localizó manuscritos fundamentales para la historia indígena. Gracias a él se publicaron en facsímile los Códices Matritenses y se difundió la monumental Historia general de las cosas de Nueva España de fray Bernardino de Sahagún, cuya existencia había quedado casi olvidada en archivos de Madrid y Florencia. Su obra editorial, incluidos los Papeles de la Nueva España y el Epistolario de la Nueva España, sigue siendo una base imprescindible para la investigación mesoamericana.

Paso y Troncoso no solo destacó como historiador y arqueólogo. Fue también miembro destacado de instituciones culturales como la Academia Mexicana de la Lengua, la Real Academia de la Historia en España y la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, además de representar a México en la Exposición Histórica Americana de 1892 en Madrid.

Murió en 1916 en Florencia, adonde había viajado para estudiar el Códice Florentino, otro de los grandes testimonios del mundo nahua. Sus restos descansan hoy en el exconvento Betlehemita de Veracruz.

Caminar o manejar por Francisco del Paso y Troncoso es hacerlo sobre una avenida que conecta colonias enteras y, al mismo tiempo, con la memoria de un hombre que dedicó su vida a reconstruir el México antiguo. La ciudad honra así no solo a un académico, sino a un puente entre culturas, lenguas y tiempos que hoy siguen definiendo nuestra identidad.