Cuando la noche cae sobre la colonia Hacienda del Rosario, el Jardín Las Naciones deja de ser un remanso verde y se transforma en un escenario donde el aire parece recordar. Muy cerca del Parque Tezozómoc, este espacio suele permanecer casi vacío, como si el barrio mismo evitara atravesarlo después de cierta hora. No es casualidad. Vecinas y vecinos de calles como Hacienda del Encero y Hacienda Pedernales aseguran que, en el corazón del parque, habita un espectro al que llaman El Cantar de Silvano.

El punto exacto de la aparición es la zona de juegos infantiles. Ahí, en las madrugadas más silenciosas, surge una sombra oscura que corta la penumbra. La silueta parece llevar un sombrero campesino y cargar una guitarra vieja, de esas que han absorbido demasiadas canciones tristes. Apenas se manifiesta, los columpios comienzan a rechinar, balanceándose solos, como empujados por manos que ya no están.

Quienes han observado desde lejos cuentan que la sombra se sienta en una banca, inclina la cabeza y comienza a tocar. Al principio solo se distingue la figura, pero cuanto más se intenta mirar, menos visible se vuelve. En cambio, la música crece. Una melodía hipnótica, áspera y melancólica, que recuerda al rock urbano y al rock rupestre de los años ochenta, llena el parque como una neblina sonora.

Entonces llega la voz. Triste, quebrada, cantando una historia que se clava en la memoria de quien la escucha.

Entre aserrín y el olor del curado, en esa pulquería del centro te hallé; yo era el rupestre por ti alucinado, tú la mesera que nunca alcancé. Te echaba mis versos al paso del turno, mi lira de palo buscaba tu luz, pero mi amor era un sueño nocturno y tu desprecio, mi primera cruz.

Te seguí por la calle con mi necia canción, huyendo de mi alma echaste a correr; no viste las luces del viejo camión que bajo sus llantas te vio fallecer. El ruido del freno mató mi esperanza, la culpa en mi pecho se puso a morder; busqué aquel pirul para entrar en la danza y con mi guitarra me dejé caer.

Hoy soy la sombra que cruza el baldío, un eco fantasma por Azcapotzalco; cargo un silencio que cala de frío y en las banquetas mi pena recalco. Soy Silvano, el lamento, busco tus ojos que el mundo borró; una guitarra que suena en el viento por un amor que jamás se logró.

La tonada se desvanece de golpe, como si alguien apagara el sonido del mundo. Queda solo una melancolía densa, difícil de explicar, grabada en la piel de quienes fueron testigos. Nadie vuelve a ser el mismo después de escucharla.

La leyenda dice que ese espectro fue Silvano, un joven músico que vivió en la colonia durante los años ochenta. Formó parte de la movida del rock rupestre, tocando su guitarra sin fama ni fortuna, pero con un amor obsesivo por una mesera de una pulquería del centro de Azcapotzalco. Ella nunca correspondió sus sentimientos. Él regresaba cada noche, esperando una oportunidad que jamás llegó.

Una madrugada, Silvano decidió seguirla mientras cantaba para ella. La mujer, aterrada, corrió y fue atropellada por un camión. Murió al instante. El peso de la culpa y la pérdida terminó por consumir al músico, quien se terminó colgando de un arbol, y desde entonces su espíritu, dicen, no ha encontrado descanso.

Hoy, El Cantar de Silvano sigue apareciendo en el Jardín Las Naciones, repitiendo su canción como una herida abierta. Si alguna vez cruzas el parque de madrugada y escuchas una guitarra que no puedes ver, no te acerques demasiado. Hay melodías que no buscan oídos, sino almas que las acompañen en su pena eterna.

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