En una colonia célebre por su eclecticismo arquitectónico, Santa María la Ribera, se alza un templo que parece llegado de otra latitud y de otro tiempo. Entre calles porfirianas y referentes urbanos icónicos, la Parroquia Josefina de la Sagrada Familia sorprende por su estilo neobizantino, una rareza absoluta dentro del paisaje religioso de la Ciudad de México.
Parroquia Josefina de la Sagrada Familia, la iglesia neobizantina de Santa María la Ribera
La Parroquia Josefina de la Sagrada Familia, conocida popularmente como Los Josefinos, es uno de los ejemplos más singulares de arquitectura religiosa en la capital. Aunque su apariencia remite de inmediato a iglesias orientales e incluso a mezquitas del Medio Oriente, se trata de un templo católico profundamente ligado a la historia de la Congregación de los Misioneros Josefinos.
Su construcción comenzó el 23 de julio de 1899, cuando el padre José María Vilaseca, fundador de la congregación, junto con el ingeniero José Torres, colocaron la primera piedra. El proyecto arquitectónico estuvo a cargo de Carlos Herrera y, pese a un presupuesto limitado, el templo fue concluido exitosamente en 1906, año en el que el padre Vilaseca celebró sus bodas de oro sacerdotales.
Más que una parroquia, este recinto es la Casa Madre de los Josefinos, el espacio donde nació y se consolidó esta obra religiosa que continúa viva hasta nuestros días.
Una fachada que evoca al Oriente cristiano
La fachada del templo, realizada en cantera rosa, es uno de sus rasgos más llamativos. De inspiración gótico-bizantina, presenta tres accesos principales y está flanqueada por dos gruesas pilastras coronadas por pequeños cupulines. Arcadas decorativas y nichos, hoy vacíos, recorren sus muros, reforzando su carácter monumental.
El elemento central es un arco de medio punto rematado por un rosetón con vitrales, que al caer la tarde proyecta destellos de color hacia el interior, envolviendo el espacio en una atmósfera casi mística. A ambos lados se levantan dos torres campanario simétricas, recubiertas con mosaicos y coronadas por pequeñas cúpulas con cruces de piedra, rasgo distintivo del estilo neobizantino.
Un interior luminoso y profundamente simbólico
El interior de la Parroquia Josefina de la Sagrada Familia se organiza en tres naves, separadas por dos hileras de columnas con capiteles corintios. En los laterales se distribuyen siete pequeños altares, mientras que en la parte superior los vitrales decorativos filtran la luz y transforman el espacio a lo largo del día.
El retablo principal está presidido por una escultura de la Sagrada Familia, elaborada en pasta y datada en el siglo pasado. Entre los tesoros del templo destaca también una imagen de la Virgen de Guadalupe del siglo XVIII, pieza de gran valor histórico y devocional.
Murales, ángeles y memoria viva
Uno de los grandes atractivos del templo son los murales realizados por el maestro Pedro Cruz, dedicados a la vida de San José: el nacimiento del Niño Jesús, la huida a Egipto, San José carpintero y su muerte. La cúpula central muestra una pintura de los Misioneros Josefinos junto al padre Vilaseca.
Una de las leyendas más entrañables del recinto asegura que los rostros de los ángeles fueron inspirados en los niños que asistían a la catequesis en aquella época, dotando al conjunto de un carácter íntimo y comunitario.
El legado del padre José María Vilaseca
Todo el conjunto arquitectónico y espiritual de la parroquia se debe al impulso del R. P. José María Vilaseca, cuyos restos descansan dentro del templo. Actualmente, su causa se encuentra en proceso de beatificación, lo que convierte a la Parroquia Josefina de la Sagrada Familia en un sitio de especial relevancia para la congregación y para la historia religiosa de la ciudad.
Ubicada en Santa María la Ribera, junto a referentes como el Kiosco Morisco y la Casa de los Mascarones, esta iglesia neobizantina permanece como un tesoro relativamente discreto, pero indispensable para comprender la diversidad arquitectónica y espiritual de la Ciudad de México.

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