En el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, entre cantinas, bares y calles que nunca duermen, se desarrolló a mediados de los años dos mil una de las historias criminales más perturbadoras de la capital. Raúl Osiel Marroquín Reyes, exmilitar y pintor, utilizó la vida nocturna como escenario para seleccionar a sus víctimas, muchas de ellas hombres a quienes conocía en bares de la calle de Cuba y zonas aledañas, espacios tradicionales de encuentro nocturno en el centro de la ciudad.
De soldado a depredador urbano
Nacido en Tampico, Tamaulipas, en 1980, Marroquín tuvo una formación marcada por la disciplina militar. Ingresó al Ejército Mexicano y alcanzó el grado de Sargento, con la intención de estudiar medicina militar. Sin embargo, la falta de recursos y su deserción truncaron ese camino.
Tras su salida del ejército y un paso por prisión por robo con violencia, Marroquín llegó a la Ciudad de México. Ahí comenzó una carrera criminal que evolucionó rápidamente del asalto al secuestro, motivado por el dinero y una profunda necesidad de control y poder sobre otros.
La calle de Cuba como punto de cacería
Uno de los rasgos más inquietantes de su caso fue la forma en que seleccionaba a sus víctimas. Marroquín frecuentaba bares LGBT del Centro Histórico, especialmente en la calle de Cuba, una zona conocida por su intensa vida nocturna y por ser un punto de reunión para distintas comunidades.
De acuerdo con sus propias declaraciones, acudía a estos lugares porque le resultaba “más fácil” acercarse a hombres que buscaban compañía. Se presentaba como alguien carismático y confiable, entablaba conversación y, tras generar un vínculo rápido, los invitaba a continuar la noche en su casa o en algún hotel.
Secuestro, tortura y muerte
Una vez aisladas, las víctimas eran secuestradas y sometidas a tortura, con un patrón marcado por la asfixia repetida. Marroquín buscaba quebrar psicológicamente a sus víctimas antes de asesinarlas, aun después de haber cobrado los rescates.
Entre enero y diciembre de 2005, fue responsable de seis secuestros, cuatro de los cuales terminaron en homicidio. En varios casos, el dinero ya había sido entregado cuando decidió matar, dejando claro que el móvil no era solo económico, sino el ejercicio absoluto del poder.
Un perfil marcado por la ausencia de empatía
Los peritajes psicológicos describieron a Raúl Osiel Marroquín como una persona carente de culpa, con rasgos psicopáticos y narcisistas, incapaz de sentir empatía por sus víctimas o sus familias. Justificaba sus actos como “necesarios” o incluso “beneficiosos para la sociedad”, una visión que lo colocaba en la figura del llamado ángel exterminador.
Durante los interrogatorios, declaró no sentir remordimiento alguno y afirmó que, de no haber sido detenido, habría continuado con sus crímenes.
Detención y condena ejemplar
Marroquín fue detenido por la PGR el 23 de enero de 2006 en la Ciudad de México. Dos años después, en 2008, fue condenado a 128 años de prisión, sentencia que posteriormente se amplió junto con la de su cómplice, alcanzando casi 300 años de cárcel.
Actualmente cumple su condena en la Penitenciaría de la Ciudad de México, lejos de las calles y bares donde alguna vez pasó desapercibido entre la multitud nocturna.
El eco de un horror reciente
El caso de Raúl Osiel Marroquín dejó una huella profunda en la ciudad. No solo por la brutalidad de sus crímenes, sino por el hecho de que operó en espacios cotidianos, en bares y calles donde la confianza y la convivencia parecían seguras.
Su historia recuerda que el terror urbano no siempre se oculta en lugares abandonados, sino que puede surgir en el bullicio del Centro Histórico, entre luces de neón, música alta y conversaciones que parecían inofensivas.
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Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.