Entre calles tranquilas y edificios residenciales de la colonia Del Valle se abre un espacio que parece conservar varias capas del tiempo. El Parque Tlacoquemécatl, conocido cariñosamente como Parque Tlaco, es uno de esos lugares donde la historia colonial, la vida de barrio y la actividad cultural conviven bajo la sombra de jacarandas y olmos.

El parque ocupa los terrenos que alguna vez formaron parte del Rancho de Santa Anita, una de las antiguas haciendas agrícolas que, desde la época colonial, dominaban esta zona al sur de la Ciudad de México. Durante siglos, aquí se cultivó alfalfa y más tarde árboles frutales, aprovechando el agua de pozos naturales y arroyos estacionales.

De hacienda agrícola a parque público

A finales del siglo XIX, la región comenzó a transformarse con el avance urbano. El cultivo de tejocotes y fresnos dio paso, poco a poco, al trazo de nuevas calles y al fraccionamiento que daría origen a la colonia Del Valle. En 1913, la llegada del tranvía que conectaba el Centro Histórico con Mixcoac marcó un punto clave en esta transformación.

El parque como lo conocemos hoy nació en 1958, cuando el presidente Adolfo López Mateos llevó a cabo la expropiación de parte de los terrenos de la antigua hacienda y de la iglesia para convertirlos en un espacio público. Desde entonces, el Parque Tlacoquemécatl se consolidó como uno de los pulmones verdes más apreciados de la alcaldía Benito Juárez.

Un nombre que habla de plantas y territorio

Tlacoquemécatl es una palabra de origen náhuatl que puede traducirse como “lugar abundante en tlacotl”, una referencia a la presencia de arbustos y varas utilizadas antiguamente para fabricar flechas. El significado no es casual; incluso hoy, el parque conserva una notable abundancia vegetal.

Entre sus árboles destacan truenos, olmos, jacarandas y palmas, especies que crean un paisaje fresco y sombreado, ideal para leer, caminar o simplemente sentarse en alguna de sus bancas rojas y dejar pasar la tarde.

La iglesia del Señor del Buen Despacho

Uno de los elementos más singulares del Parque Tlacoquemécatl es la pequeña iglesia ubicada en su interior. La sacristía forma parte de una ermita original que se estima data del siglo XVI, al igual que la cruz atrial que aún se conserva. Esta cruz, con tallas de clara influencia indígena, es un testimonio tangible de los procesos de evangelización y de la asimilación simbólica entre el mundo prehispánico y la nueva religión católica.

El templo está dedicado al Señor del Buen Despacho, una advocación profundamente mexicana de la figura de Cristo. La tradición sostiene que esta imagen “despacha” con rapidez las peticiones de quienes acuden a ella, lo que ha mantenido viva su devoción a lo largo de los siglos.

Arte, deporte y vida cotidiana

El Parque Tlacoquemécatl no es solo un espacio para la contemplación histórica. Los fines de semana se transforma en un punto de encuentro cultural gracias a las exposiciones pictóricas al aire libre, razón por la cual también es conocido como el Jardín del Arte Tlacoquemécatl.

Además, cuenta con juegos infantiles, canchas de basquetbol, barras para ejercitarse, áreas para perros y un carril utilizado por corredores. Esta mezcla de actividades convierte al parque en un lugar activo, frecuentado por familias, deportistas y vecinos que lo han integrado a su rutina diaria.

Un homenaje inesperado a Carlos Gardel

En uno de los andadores del parque se encuentra un monumento dedicado a Carlos Gardel, inaugurado el 11 de diciembre de 1990 por la Asociación de Tangueros de México, con motivo del centenario de su nacimiento. La placa recuerda al cantante como “el tango hecho carne” y añade una capa inesperada al relato del parque, conectando este rincón de la Del Valle con la memoria musical de América Latina.

Un parque que resume la historia de la Del Valle

Ubicado entre las calles de Adolfo Prieto, Moras, Tlacoquemécatl y Pilares, el Parque Tlacoquemécatl es mucho más que un jardín de barrio. Es un fragmento vivo de la historia del sur de la Ciudad de México, donde conviven el pasado agrícola, la herencia colonial, la expansión urbana del siglo XX y la vida cultural contemporánea.

Visitarlo es recorrer, a pequeña escala, la historia de la colonia Del Valle y entender por qué estos espacios siguen siendo esenciales para la memoria y el ritmo cotidiano de la ciudad.