Visible desde distintos puntos del sur de la Ciudad de México, el templo del Purísimo Corazón de María Reina de la Paz es una de las construcciones religiosas más singulares del siglo XX mexicano. Su imponente cúpula poliedro y la monumental figura de la Virgen María que la corona han convertido a esta iglesia en un referente urbano inconfundible de la Colonia Del Valle.
Aunque oficialmente se trata de la parroquia del Purísimo Corazón de María, muchxs capitalinxs la conocen popularmente como Nuestra Señora del Tránsito, un apodo surgido del humor urbano. La imagen de María, con los brazos semiabiertos, parece vigilar o incluso dirigir el intenso flujo vehicular que converge en las avenidas División del Norte, Amores y Colonia Del Valle, justo donde se encontraba la antigua glorieta de Mariscal Sucre.
De una pequeña capilla a un templo monumental
La historia del templo comienza en 1923, cuando se bendijo una modesta capilla de ladrillo y techo de madera en terrenos donados por familias de la zona. Durante la Guerra Cristera, entre 1926 y 1929, el recinto tuvo que cerrar sus puertas, pero al concluir el conflicto fue una de las pocas capillas autorizadas para celebrar misa legalmente en la ciudad.
En 1931, el espacio fue erigido formalmente como parroquia y dedicado al Purísimo Corazón de María. El crecimiento acelerado de la colonia hizo evidente la necesidad de un templo mayor, y en 1938 se puso en marcha el ambicioso proyecto de la nueva iglesia, financiado en gran medida por colectas semanales realizadas entre lxs vecinxs.
Ingeniería, arquitectura y modernidad
El ingeniero Miguel Rebolledo, pionero en el uso del concreto armado en México, asumió la obra siguiendo los planos originales del arquitecto Luis Olvera. Rebolledo, formado como ingeniero naval y responsable de importantes proyectos portuarios y urbanos, sentó las bases estructurales de un edificio pensado para desafiar las escalas tradicionales.
A partir de 1947, el arquitecto Antonio Muñoz García tomó la dirección del proyecto. Su experiencia en edificios emblemáticos como el Mercado Abelardo Rodríguez y el antiguo Palacio de Justicia se refleja en la solidez y monumentalidad del conjunto. La obra concluyó en 1953, aunque el proyecto original contemplaba una altura aún mayor. Las autoridades de la época limitaron su tamaño para que no superara al Monumento a la Revolución.
La primera misa se celebró en 1954, año en que el templo fue solemnemente bendecido.
Una silueta que define el paisaje urbano
La iglesia alcanza una altura total de 65 metros. Su cúpula poliedro se eleva 20 metros y está rematada por una escultura de la Virgen María que, junto con su base, mide cerca de 10 metros. Esta figura, frecuentemente confundida con el Cristo Redentor de Río de Janeiro, es una de las razones por las que el edificio se distingue a gran distancia y se ha integrado de manera definitiva al paisaje de la ciudad.
Arte sacro del siglo XX
Más allá de su silueta exterior, el Purísimo Corazón de María sorprende por la riqueza artística de su interior. Los vitrales, los candelabros, el sagrario de bronce dorado con base giratoria y la imagen principal de la Virgen con el Niño, obra del escultor Antonio Ballester, dialogan con una serie de murales que cubren aproximadamente 1,400 metros cuadrados.
Estas pinturas, realizadas por el artista Pedro Cruz, representan escenas bíblicas y refuerzan la atmósfera solemne del recinto. Todo el conjunto arquitectónico ha sido descrito por la propia parroquia como una obra situada entre el art déco y el funcionalismo, con un marcado aire gótico.
Cine, fe y memoria urbana
En 1996, el templo alcanzó proyección internacional al convertirse en una de las locaciones principales de la película Romeo and Juliet de Baz Luhrmann, protagonizada por Leonardo DiCaprio y Claire Danes. Desde entonces, el recinto despierta el interés tanto de cinéfilxs como de amantes de la arquitectura.
Hoy, el Purísimo Corazón de María no solo funciona como parroquia activa, sino como un testimonio de la expansión urbana del siglo XX, de la fe comunitaria que lo financió y de una época que buscó expresar modernidad, devoción y monumentalidad en un solo gesto arquitectónico.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.