En el barrio de La Romita, ese barrio que parece un pliegue del tiempo dentro de la colonia Roma, se levanta la Capilla de San Francisco Javier, uno de los templos más antiguos que siguen en pie en la Ciudad de México. Su presencia discreta, elevada apenas por unos escalones sobre la plaza, contrasta con la intensidad de la historia que ha presenciado desde el siglo XVI.

Antes de que existiera la colonia Roma, antes incluso de que la ciudad creciera hacia el poniente, este sitio fue un islote rodeado por canales del lago de Texcoco, conocido por los mexicas como Aztacalco, “lugar de las garzas”. Aquí, en los márgenes de Tenochtitlan, comenzó la historia de La Romita.


De ermita indígena a capilla virreinal

La primera construcción religiosa del lugar data de alrededor de 1530, apenas unos años después de la caída de Tenochtitlan. De acuerdo con diversas fuentes, la ermita original fue levantada por órdenes de fray Pedro de Gante y estuvo dedicada a Santa María de la Natividad, como parte del proceso de evangelización de los barrios indígenas que rodeaban la ciudad colonial.

Con el tiempo, la advocación cambió al Verbo Encarnado, nombre bajo el cual el templo fue conocido durante buena parte de su historia virreinal. La iglesia formaba parte de un barrio de indios que permaneció separado de la traza urbana española, conservando una identidad propia, casi insular, tanto en lo geográfico como en lo social.


Un pasado marcado por rituales, castigos y leyendas

La Capilla de La Romita no solo fue un espacio religioso. Durante el virreinato, su atrio y los alrededores fueron escenario de ejecuciones públicas. Diversos registros y relatos señalan que frente al templo, en un ahuehuete, eran ahorcados presuntos criminales indígenas, conocidos como “huhuenches”, quienes antes debían pedir perdón dentro de la iglesia.

Estas prácticas, que se prolongaron durante siglos y que incluso llegaron a representarse simbólicamente durante los martes de Carnaval hasta entrado el siglo XX, alimentaron las leyendas oscuras que aún hoy rodean al barrio y a su capilla. La Romita quedó así marcada como un lugar de frontera, castigo y expiación, tanto física como simbólica.


Arquitectura de un templo que ha cambiado con los siglos

Aunque su origen se remonta al siglo XVI, la Capilla de San Francisco Javier no conserva intacta su forma original. El edificio actual es resultado de múltiples transformaciones realizadas principalmente entre los siglos XVII y XX.

Se trata de un templo pequeño, de una sola nave, típico de los antiguos suburbios coloniales de la Ciudad de México. Destaca su campanario de un solo cuerpo, su portada sencilla y una capilla abierta en forma de balcón junto a la fachada. En el interior se conservan las vigas de madera del techo, mientras que el crucero lateral y algunas modificaciones responden a intervenciones más recientes.

En 1944, el inmueble fue declarado monumento del acervo cultural de la Ciudad de México, reconocimiento que subraya su valor histórico y patrimonial.


La llegada de los jesuitas y San Francisco Javier

El cambio definitivo de advocación ocurrió en 1929, cuando el templo fue confiado a la orden jesuita y dedicado a San Francisco Javier, uno de los grandes misioneros del cristianismo y patrono de la propagación de la fe. Desde entonces, el nombre oficial es Rectoría San Francisco Javier, aunque para lxs habitantes del barrio sigue siendo, simplemente, la capilla de La Romita.

Este periodo coincidió con una etapa de remodelación del templo y de la Plaza de La Romita, el antiguo atrio que hoy funciona como centro social del barrio.


La Romita, cine, barrio y resistencia urbana

La relevancia cultural de la capilla no puede entenderse sin el barrio que la rodea. Durante décadas, La Romita fue un espacio marginado, distinto a la colonia Roma que comenzó a desarrollarse formalmente en 1902. Esa diferencia quedó registrada en 1950, cuando Luis Buñuel eligió la plaza y sus alrededores como locación para varias escenas de Los olvidados.

La capilla, silenciosa testigo, quedó así inscrita no solo en la historia religiosa, sino también en la memoria cinematográfica y social de la ciudad.


Vida religiosa y devociones actuales

Hoy, la Capilla de San Francisco Javier continúa activa. Alberga diversas devociones populares como San Judas Tadeo, el Cristo Olvidado, San Martín de Porres y el Señor de las Maravillas. Cada 28 de mes, la plaza y el templo reciben a numerosos fieles que acuden a agradecer favores concedidos por San Judas Tadeo.

Las celebraciones religiosas se realizan diariamente, y el templo permanece abierto tanto para vecinxs como para visitantes que buscan conocer uno de los espacios más antiguos y simbólicos de la colonia Roma.


Un templo pequeño con una historia inmensa

Rodeada hoy por edificios modernos, calles estrechas y el pulso acelerado de la ciudad, la Capilla de San Francisco Javier de la Romita conserva el espíritu de un lugar que nació separado del centro, creció en la periferia y resistió al paso de los siglos. Más que un templo, es un archivo vivo de la memoria indígena, colonial y urbana de la Ciudad de México.