En la esquina de Donato Guerra 1 y Bucareli, donde hoy se levanta un edificio moderno con fachada que guiña el ojo al pasado, hubo un lugar que en los años ochenta latía con otra frecuencia. En el departamento 511 funcionó Impulsora Paramédica, una Boutique Psicotrónica que prometía algo más que alivio, ofrecía energía, vibración y una medicina que no pasaba por el estetoscopio tradicional.
Quienes subían las escaleras no buscaban recetas alópatas. Buscaban calibrarse.
Impulsora Paramédica vendía artefactos electrónicos para lo que llamaban medicina parapsicológica o sobrenatural. Sobre los mostradores brillaban detectores de bioenergía, el relax o metro que medía el grado de relajación, el marcapasos cerebral, estimuladores electrónicos de acupuntura, péndulos de radiestesia originales y hasta un pulsólogo electrónico. No eran simples objetos, eran dispositivos que, según sus promotores, interactuaban con el campo energético humano.
La psicotrónica, el concepto que sostenía todo aquello, tenía raíces que viajaban desde la metapsíquica europea de finales del siglo XIX hasta los congresos celebrados en Praga en los años setenta. Parapsicólogos del bloque del Este la definieron como una ciencia interdisciplinaria que estudiaba la interacción entre conciencia, materia y energía. Bajo esa lógica, mente y cuerpo no eran compartimentos separados sino un circuito continuo. La energía, llamada “psicotrón”, funcionaba como una pieza más del engranaje humano.
En plena Guerra Fría, incluso circularon informes que hablaban de supuestas armas psicotrónicas capaces de alterar la vitalidad de soldados. Ese eco internacional alimentó la fascinación local. En la Ciudad de México de los ochenta, donde convivían el esoterismo de revista, los consultorios alternativos y la cultura urbana en transformación, Impulsora Paramédica encontró terreno fértil.
Durante un tiempo fue un punto de peregrinación. Cientos de personas acudían cada semana convencidas de que podían sanar sin intervenciones médicas tradicionales. Algunxs salían con aparatos bajo el brazo; otrxs con la sensación de haber sido “alineadxs”. Lxs vecinxs comenzaron a hablar de algo más difícil de medir: energías extrañas que parecían instalarse en el edificio desde la apertura de la boutique.
La popularidad, sin embargo, no fue eterna. Como muchas corrientes alternativas, la psicotrónica dejó de estar en boga en la CDMX. El entusiasmo se desinfló y el departamento 511 quedó en silencio. Tras los sismos de 1985 y más tarde el de 2017, el inmueble sufrió daños estructurales y finalmente fue demolido. En su lugar surgió un edificio nuevo, pulcro, con fachada nostálgica que intenta evocar la arquitectura de mediados del siglo pasado.
Pero las historias no se demuelen tan fácil.
Hay quienes aseguran que, aun en el quinto piso del nuevo complejo, se sienten vibras peculiares. No es algo que pueda registrarse con un detector de bioenergía ni con un relax o metro. Es una percepción, una sensación leve en el aire, como si el lugar conservara una memoria eléctrica.
Impulsora Paramédica hoy pertenece al archivo urbano de la Ciudad de México: una mezcla de ciencia alternativa, esoterismo ochentero y rumores de pasillo. Un capítulo donde la promesa de sanar con energía convivió con la arquitectura que resistió terremotos y con una ciudad siempre dispuesta a explorar lo invisible.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.