En el oriente de la Ciudad de México, donde el concreto late al ritmo del tráfico y las luces comerciales parecen no apagarse nunca, se levanta Parque Tezontle. Moderno, amplio, brillante. Inaugurado en octubre de 2007, es uno de los centros comerciales más recientes de la zona. Menos de veinte años de historia. Fachadas limpias. Escaleras eléctricas impecables. Música ambiental perfectamente calculada.
Y, sin embargo, algo ahí no encaja del todo.
Cuando las cortinas metálicas bajan y el eco de los últimos clientes se disuelve en los pasillos, el edificio cambia de respiración. Los guardias nocturnos lo saben. También algunxs empleadxs que han tenido que cerrar turno más tarde de lo habitual.
Primero son los sonidos.
Pasos en pasillos vacíos.
Risas breves que parecen rebotar entre vitrinas.
Golpecitos secos detrás de las cortinas de las tiendas cerradas.
Podría ser el aire acondicionado. El crujido natural de una estructura enorme enfriándose por la noche. Eso pensaron muchxs al principio.
Hasta que empiezan a volar las cosas.
En una tienda de ropa, varias prendas cruzan el local como si alguien invisible hubiera decidido reorganizar la colección a su antojo. No caen. No se deslizan. Se desplazan en el aire.
En el área de alimentos, latas y frascos caen uno tras otro, rodando por el piso sin que nadie los tocara. Carritos de supermercado avanzan solos por los pasillos. Sillas giran con brusquedad, deteniéndose justo cuando alguien intenta grabarlas con el celular.
Ahí es cuando dejan de llamarlo “ruidos raros”.
Algunxs empleadxs comenzaron a hablar de la presencia de uno o varios poltergeist. Un fantasma ruidoso, inquieto, casi juguetón. No una figura visible ni un espectro definido, sino una energía que disfruta del sobresalto. Que espera el silencio profundo de la madrugada para manifestarse.
Lo curioso es que no todos reaccionan igual.
Hay quienes aprenden a convivir con el fenómeno. Ignoran los pasos. Recogen las latas. Enderezan las sillas. “Si no le haces caso, no pasa nada”, dicen. Otrxs no regresan después de la primera experiencia. Renuncian al día siguiente, sin dar demasiadas explicaciones.
No hay registros oficiales. No hay comunicados. Solo relatos que se cuentan en voz baja en la zona de empleados, mientras alguien mira de reojo el reflejo de los escaparates.
Tal vez sea sugestión colectiva.
Tal vez sea un edificio demasiado joven para cargar con historias… o demasiado nuevo para ocultarlas bien.
Lo cierto es que cuando Parque Tezontle apaga sus luces y el eco se adueña de los corredores, algunxs juran que el centro comercial no queda vacío.
Solo cambia de turno.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.