Durante el día, el corredor del Bosque Urbano Canal Nacional es uno de los espacios más tranquilos del suroriente de la Ciudad de México. Vecinxs de Prados Churubusco y Paseos de Taxqueña lo recorren para trotar, pasear al perro o simplemente caminar entre árboles y senderos que acompañan el antiguo cauce del canal. El agua corre lenta, las bicicletas pasan de vez en cuando y el ruido de la ciudad parece quedarse al otro lado de la avenida.
Pero quienes conocen bien el lugar dicen que el ambiente cambia cuando cae la noche.
En especial en el tramo que va entre Paseo de los Jardines y Paseo Nuevo, donde el sendero se vuelve más silencioso y la iluminación parece perder fuerza entre los árboles.
Ahí, aseguran algunxs vecinxs, aparece algo extraño.
Primero llega una bruma ligera que no suele verse durante el día. Es una neblina baja que se levanta desde el canal y se queda suspendida sobre el parque como si el agua respirara lentamente. Con ella también llega una sensación difícil de explicar: el aire se vuelve más frío y el ambiente adquiere un peso extraño, como si alguien estuviera observando desde algún punto invisible.
Luego vienen los sonidos.
Al principio parecen normales: pasos sobre la grava, risas infantiles, murmullos. Pero cuando unx se detiene y voltea… no hay nadie cerca.
Algunxs caminantes han contado que las risas se mezclan con llantos apagados, como si provinieran del agua o de entre los árboles. Y en las noches más oscuras, cuando apenas pasan personas por el corredor, hay quienes aseguran haber visto algo más inquietante.
Tres sombras.
No son figuras claras ni cuerpos definidos, sino siluetas infantiles que aparecen en medio de la bruma. Dos de ellas permanecen de pie, como si observaran algo frente a ellas. La tercera está arrodillada, con las manos cubriéndose el rostro, como si llorara.
Las dos sombras parecen señalarla.
Y luego desaparecen.
Nadie sabe con certeza quiénes son esos entes que aparecen junto al canal, pero entre lxs vecinxs circulan tres historias distintas que intentan explicarlo.
La primera habla de tres hermanos que vivían cerca del canal a principios del siglo XX, cuando aún se utilizaba para transportar mercancías. Se dice que una tarde los niños jugaban en la orilla mientras sus padres trabajaban en las chinampas cercanas. El menor se acercó demasiado al agua y resbaló. Sus hermanos intentaron ayudarlo, pero el cauce lo arrastró antes de que pudieran hacer algo. Desde entonces, algunxs creen que las dos sombras que apuntan hacia el suelo son los hermanos mayores, señalando el lugar donde su hermano cayó al canal.
Otra versión cuenta una historia más antigua, que se remonta a los tiempos en que el canal era conocido como Huey Apantli, la gran acequia que conectaba distintos pueblos de la Cuenca de México. Según esta versión, los tres niños eran hijos de una familia que viajaba en canoa entre Xochimilco y Coyoacán cuando una tormenta volcó la embarcación. Dos lograron salir del agua, pero el tercero desapareció bajo la corriente. Los habitantes de los pueblos cercanos decían que el canal reclamaba a quienes no respetaban su fuerza.
La tercera historia es la más inquietante.
Algunxs vecinxs dicen que las sombras no pertenecen a niños reales, sino a algo más antiguo que el propio barrio. Recuerdan que el Canal Nacional es uno de los caminos de agua más antiguos de la cuenca, un cauce que durante siglos conectó pueblos, chinampas y mercados. En sus aguas navegaron canoas prehispánicas, vapores del siglo XIX e incluso barcos de carga.
Y donde el agua ha corrido durante tanto tiempo, dicen lxs más supersticiosxs, también se quedan los ecos de quienes alguna vez pasaron por ahí.
Por eso hay quienes creen que esas tres figuras no son fantasmas individuales, sino sombras que el canal guarda, fragmentos de historias perdidas en su corriente.
Quizá por eso aparecen siempre cerca del agua.
Tal vez el canal aún recuerda.
Lo cierto es que, para muchxs corredorxs nocturnxs, hay una regla que prefieren seguir: si alguna vez escuchas risas infantiles en medio de la bruma del Canal Nacional, lo mejor es no detenerse demasiado tiempo.
Porque a veces, cuando alguien se queda mirando esas sombras, el llanto de la tercera figura parece hacerse más fuerte.
Y durante unos segundos, da la impresión de que las otras dos sombras también se giran… para mirar a quien las observa.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.