Hay historias criminales en la Ciudad de México que parecen sacadas de una novela negra. Relatos que mezclan arte, obsesión y violencia hasta formar una sombra difícil de olvidar. Una de ellas es la de Jorge Riosse, el hombre que durante los años noventa sembró terror en el corazón del entonces Distrito Federal y cuyo nombre quedó ligado para siempre a los asesinatos de mujeres en la zona de La Merced.
Lo inquietante de su historia es que, durante años, nadie sospechó de él.
Quienes lo conocieron lo describían como un hombre educado, incluso carismático. Tocaba la guitarra, cantaba con soltura, escribía poesía y tenía talento para la pintura. Hablaba varios idiomas y podía pasar horas conversando sobre arte o música. A simple vista, parecía uno de tantos personajes bohemios que habitaban la ciudad.
Durante un tiempo vivió en un cuarto de azotea en la esquina de Shakespeare y Víctor Hugo, en la colonia Anzures, dentro de una casa de huéspedes donde rentaba un pequeño espacio. La dueña era Rosa, una mujer mayor que terminó entablando amistad con él. Riosse le regalaba cuadros, le cantaba canciones y pasaba largas tardes pintando retratos.
Nada en su comportamiento cotidiano hacía pensar que, por las noches, su vida seguía otro rumbo.
Entre 1991 y 1993, la policía de la capital comenzó a enfrentar una serie de crímenes que parecían tener un patrón inquietante. En hoteles de paso de La Merced, uno de los barrios más antiguos y densos del centro histórico, empezaron a aparecer cuerpos de mujeres asesinadas.
La mayoría eran sexoservidoras de entre 25 y 38 años.
Las víctimas eran encontradas debajo de las camas, cubiertas con sábanas blancas. La causa de muerte casi siempre era la misma: estrangulamiento. Pero había un detalle que hacía el caso aún más perturbador.
En varios de los espejos de las habitaciones, el asesino dejaba mensajes escritos con el labial de las víctimas.
Uno de ellos aparecía repetidamente:
“Volveré L.M.B.”
Durante meses el asesino permaneció invisible. La presión pública crecía y las autoridades parecían incapaces de detener la cadena de crímenes. En total, se le atribuyeron al menos 13 asesinatos.
En un intento por cerrar el caso, la policía presentó ante los medios a un supuesto culpable: un lavacoches llamado Jorge Enrique Martínez, quien confesó entre lágrimas ser el autor de los crímenes. Pero muchos detalles no encajaban.
Y apenas dos días después, la verdad salió a la superficie.
El 9 de abril de 1993, una mujer logró escapar de un hombre que intentó atacarla. Sus gritos alertaron a la policía y comenzó una persecución por las calles de la ciudad. Durante el operativo, los agentes lograron herir al sospechoso con un disparo.
La carrera terminó en la esquina de Shakespeare y Víctor Hugo, en la colonia Anzures.
El hombre había subido hasta el cuarto de azotea donde vivía y, desesperado, intentó incendiar el lugar para destruir cualquier evidencia.
Cuando los bomberos lograron apagar las llamas, los policías encontraron a Jorge Riosse inconsciente en el piso, gravemente herido por el disparo y las quemaduras. En la pared del cuarto había una frase escrita con pintura roja:
“No soy homosexual.”
Alrededor del cuarto se encontraban recortes de periódicos sobre los asesinatos, ropa de mujer, listones, cabello y varias identificaciones.
Para los investigadores no quedó duda.
Jorge Riosse murió poco después en el hospital debido a sus heridas. Tras su muerte, los asesinatos en serie de mujeres en La Merced se detuvieron por completo.
Con el tiempo, su historia volvería a salir a la luz gracias a la cineasta Yulene Olaizola, nieta de Rosa, la mujer que le había rentado el cuarto. Su documental Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo reconstruyó la extraña presencia que aquel hombre dejó en la casa y en la memoria de su familia. El filme ganó el Ariel a Mejor Ópera Prima en 2009.
Lo que quedó de Jorge Riosse es una mezcla perturbadora de talento y violencia. Un trovador solitario que pintaba retratos y escribía canciones… mientras ocultaba una de las historias criminales más oscuras de la Ciudad de México.
Y todavía hoy, quienes conocen el caso dicen que aquella casa en Shakespeare y Víctor Hugo nunca volvió a sentirse igual.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.