En los primeros años del siglo XX, cuando la Ciudad de México aún se expandía entre barrios, alamedas y zonas consideradas extramuros, surgió una historia que sembró miedo en las calles del entonces Distrito Federal. Se trataba de María Reyes, conocida por los periódicos de la época como “La Pescuecera”, una figura que con el paso del tiempo quedó atrapada entre el registro criminal, el rumor popular y la leyenda urbana.

De acuerdo con crónicas y relatos periodísticos, María Reyes fue señalada por el robo y asesinato de niños pequeños, a quienes presuntamente estrangulaba, un acto que dio origen a su aterrador apodo. La violencia atribuida a su figura generó una ola de temor entre las familias capitalinas, en una ciudad que atravesaba cambios sociales profundos y donde la seguridad pública comenzaba a convertirse en una preocupación creciente.

Las descripciones que circularon sobre ella la retrataban como una mujer descuidada, de apariencia inquietante y vestida con harapos. Sin embargo, más allá de la imagen construida por la prensa sensacionalista, su historia también revela el contexto social de la época: pobreza, precariedad urbana y la falta de atención a los problemas de salud mental.

Uno de los episodios más citados en las crónicas ocurrió en la Alameda de Santa María la Ribera, donde supuestamente raptó a un niño que se encontraba en una banca del parque. Este tipo de relatos alimentó el pánico colectivo entre lxs vecinxs, quienes comenzaron a ver en su figura la encarnación de un peligro constante para la niñez.

El miedo llegó a tal punto que, según algunas versiones, lxs propixs habitantes del barrio irrumpieron en la vivienda de María Reyes cuando sospechaban que mantenía cautivo a otro niño. Al encontrarla con el menor en brazos, a punto de cometer un nuevo crimen, la reacción de la multitud fue inmediata. La policía intervino para detenerla, pero la indignación popular terminó en un acto de violencia colectiva contra la acusada.

Tras su captura, fue recluida en la Cárcel de Belén, uno de los centros penitenciarios más conocidos del antiguo Distrito Federal. Durante los interrogatorios, se decía que respondía con frases incoherentes y risas nerviosas, lo que llevó a los médicos a diagnosticarla con problemas mentales. Finalmente, fue trasladada a un manicomio, donde pasaría el resto de sus días.

Más allá de la veracidad absoluta de cada episodio, la figura de “La Pescuecera” se convirtió en un símbolo del miedo urbano en una ciudad que comenzaba a modernizarse. Su historia refleja cómo los crímenes contra niños generaron una fuerte presión social para reforzar medidas de vigilancia, castigo y control comunitario.

También revela otro aspecto de la vida urbana del siglo XIX y principios del XX: la manera en que ciertos personajes criminales eran transformados por la prensa y la tradición oral en figuras casi míticas. Así, María Reyes pasó de ser una mujer acusada de crímenes atroces a convertirse en parte del imaginario popular, una advertencia oscura que durante décadas resonó en las historias contadas a los niños y las niñas para que no se alejaran de casa.

Con el paso del tiempo, su nombre quedó inscrito en la memoria colectiva como una de las historias más perturbadoras del antiguo Distrito Federal, un relato donde se mezclan violencia, miedo social y la construcción de las primeras leyendas criminales de la capital mexicana.