La historia criminal de José Ortiz Muñoz, conocido como “El Sapo”, es una de las más violentas y polémicas registradas en México durante el siglo XX. Su nombre comenzó a circular con fuerza en periódicos, estudios criminológicos y relatos de la época después de la masacre ocurrida el 2 de enero de 1946 en León, Guanajuato, episodio que lo convirtió en una figura temida y al mismo tiempo en un personaje rodeado de mito.

Sin embargo, el capítulo que consolidó su fama ocurrió dentro de uno de los penales más temidos del país: el Palacio Negro de Lecumberri, la histórica penitenciaría del entonces Distrito Federal.

El criminal que presumía sus asesinatos

José Ortiz Muñoz construyó su propia leyenda alrededor de la violencia. Durante entrevistas y declaraciones llegó a presumir haber asesinado a más de 130 personas, afirmando que su participación en la represión contra manifestantes en León había dejado decenas de muertos.

Aunque no existen documentos oficiales que lo incluyan entre los militares procesados por aquella matanza, él mismo insistía en atribuirse los disparos. Incluso llegó a presentarse con periodistas diciendo: “Aquí está su humilde asesino”.

Su historial criminal, según entrevistas y estudios de la época, comenzó desde la infancia. En 1919, cuando apenas cursaba segundo de primaria, asesinó a un compañero de escuela utilizando un compás. Con el paso de los años continuó acumulando homicidios: soldados, policías, funcionarios y civiles aparecen en su lista de víctimas.

El temido reo de Lecumberri

Tras ser detenido en 1946 en Torreón, Coahuila, Ortiz Muñoz fue trasladado a la capital para enfrentar cargos por homicidio. Su destino final fue la Penitenciaría del Distrito Federal, conocida popularmente como el Palacio Negro de Lecumberri.

Allí recibió una sentencia de 18 años de prisión. Sin embargo, su historia dentro del penal estuvo lejos de ser tranquila.

Dentro de Lecumberri, “El Sapo” se convirtió rápidamente en un personaje temido. Habitaba la celda 3 de la Crujía Circular Dos y su reputación de asesino lo precedía. Con el tiempo, según relatos de la época, llegó a imponer su autoridad entre otros reclusos e incluso intimidar a vigilantes del penal.

La violencia que había marcado su vida tampoco desapareció tras los muros de la prisión. Durante su estancia en Lecumberri asesinó a otro interno, el cubano Rolando Martínez Torres, a quien apuñaló después de un enfrentamiento en el patio del penal. Tras el crimen declaró sin remordimiento que había “traspasado” a su rival con su propia arma.

Este episodio reforzó su fama como uno de los reos más peligrosos que habían pasado por el histórico penal capitalino.

Un personaje estudiado por la psiquiatría

El comportamiento de Ortiz Muñoz llamó la atención de especialistas. El psiquiatra Edmundo Buentello, pionero de la psiquiatría institucional en México, analizó su caso en un estudio titulado Consideraciones en torno a un criminal publicado en la Gaceta Médica de México.

En su análisis, Buentello describió a “El Sapo” como un hombre de aspecto desagradable pero con gran inteligencia, excelente memoria y una personalidad marcada por el orgullo y la fanfarronería. El propio médico lo consideraba un ejemplo de lo que denominó el “síndrome del pistolero”, un perfil criminal impulsado por la violencia y el exhibicionismo.

La boda que sorprendió a la prensa internacional

La notoriedad de Ortiz Muñoz alcanzó incluso medios extranjeros. El 8 de agosto de 1953, la revista Time publicó un artículo sobre su historia y documentó un hecho insólito: su boda dentro del Palacio Negro de Lecumberri.

En el penal contrajo matrimonio con María de Jesús Torres Martínez, una mujer de 28 años que llegó a casarse con el célebre criminal dentro de la prisión. El evento alimentó aún más la curiosidad pública alrededor de su figura.

Durante esos años también coincidió en Lecumberri con otro criminal célebre: Gregorio Cárdenas Hernández, conocido como “Goyo Cárdenas”, considerado uno de los primeros asesinos seriales del país. En su libro Celda 16, Cárdenas lo describió como un personaje desconfiado y rechazado por otros reclusos.

Del Palacio Negro a las Islas Marías

Debido a su extrema peligrosidad, Ortiz Muñoz fue finalmente trasladado al penal del Pacífico en las Islas Marías.

Allí conoció al sacerdote Juan Manuel Martínez Macías, apodado “El Padre Trampitas”, quien intentó ayudarlo a cambiar de vida. Durante un tiempo el criminal pareció encontrar cierta calma e incluso se casó nuevamente.

Pero su historia terminaría de la misma manera en que había transcurrido: rodeada de violencia.

En 1962, Ortiz Muñoz fue emboscado por otro recluso llamado Eloy Pérez. El enfrentamiento terminó con “El Sapomuerto a machetazos dentro del penal. Sus restos fueron enterrados en el cementerio de las Islas Marías.

El criminal convertido en leyenda

La figura de José Ortiz Muñoz continuó alimentando el imaginario popular incluso después de su muerte. Su historia inspiró corridos, entre ellos uno interpretado por Chalino Sánchez, que incluye el verso: “A mí me apodan El Sapo por prieto, feo y matón”.

Entre realidad, exageraciones y mitos, su paso por el Palacio Negro de Lecumberri sigue siendo uno de los episodios más oscuros en la historia de la famosa prisión capitalina.