En la década de 1960, mientras la Ciudad de México crecía entre luces de neón, cabarets y noches interminables, un nombre comenzó a deslizarse entre susurros incómodos: Macario Alcalá Canchola.
No era un asesino cualquiera. Él quería ser recordado. Quería convertirse en leyenda. Y para lograrlo, eligió un modelo: Jack el Destripador.
Pero a diferencia del original, Macario no se escondía en la niebla de Londres. Su escenario era más cercano, más cotidiano… los hoteles baratos, las calles y los bares de la capital mexicana.
El origen de un “Destripador mexicano”
Nacido en la precariedad y marcado por una vida de fracasos, Macario acumuló frustraciones como quien guarda pólvora. Pasó por el Ejército, intentó ser boxeador, trabajó como policía bajo un nombre falso… y en cada intento, algo se quebraba.
No destacó. No fue admirado. No fue reconocido.
Y entonces decidió fabricar su propia notoriedad.
Su paso por la policía no fue menor. Ahí aprendió lo suficiente para entender cómo funcionaban las investigaciones: huellas, escenas del crimen, errores que no debía cometer. Cuando fue expulsado por abuso de autoridad, ya no solo tenía resentimiento… también tenía herramientas.
El modus operandi que sembró miedo en la CDMX
Macario no atacaba al azar. Construía sus crímenes con una rutina inquietante:
- Se acercaba a mujeres en situación vulnerable, principalmente trabajadoras sexuales
- Las convencía de acompañarlo a hoteles de paso
- Pagaba la habitación bajo nombres falsos
- Mantenía una apariencia de normalidad… hasta que todo cambiaba
Dentro de esas habitaciones, lejos del ruido de la ciudad, la violencia comenzaba.
Las víctimas eran estranguladas tras el encuentro. Después, el asesino transformaba la escena en algo casi teatral: cuerpos desnudos, habitaciones limpias, ausencia total de señales de lucha. Como si quisiera borrar el caos… pero dejar una firma silenciosa.
En algunos casos, se llevaba la ropa. En otros, dejaba elementos clave para asegurar que la víctima fuera identificada.
No era desorden. Era control.
El crimen de la colonia Guerrero que lo delató
El 20 de septiembre de 1962, en un hotel de la calle de Mosqueta en la colonia Guerrero, la historia alcanzó un punto decisivo.
La víctima: Julia González Trejo.
Había sido vista la noche anterior con un hombre que la llevó al hotel alrededor de las 11:30 p.m. Él se registró con un nombre falso. Todo parecía seguir el mismo patrón.
A la mañana siguiente, el cuerpo fue encontrado.
La escena era perturbadoramente precisa: Julia yacía sobre la cama, desnuda, sin señales visibles de lucha. Sus pertenencias estaban parcialmente intactas, lo suficiente para identificarla. Pero había algo más.
Un mensaje.
Escrito con lápiz labial en el espejo, como si el asesino necesitara hablarle directamente al mundo:
“Jak mexicano, reto a Cueto”
El mensaje no solo revelaba su obsesión con Jack el Destripador. También mostraba algo más profundo: una necesidad desesperada de ser visto, de ser reconocido por la autoridad, de convertir el crimen en espectáculo.
Ese error… fue su grieta.
La captura del hombre que quería ser leyenda
Las investigaciones comenzaron a cerrarse sobre él no solo por evidencia física, sino por algo más inquietante: su propia lengua.
Macario hablaba de los crímenes antes de que fueran públicos. Comentaba detalles que nadie más conocía. Se molestaba si otros no estaban al tanto.
Era como si necesitara que alguien notara su obra.
Ese impulso lo traicionó.
Tras el asesinato de Julia González Trejo, la policía reconstruyó su retrato y lo detuvo días después. Durante el interrogatorio, confesó el crimen con una frialdad casi mecánica, describiendo cómo había estrangulado a su víctima.
Y aunque negó otros asesinatos, sabía demasiado.
Demasiado para ser coincidencia.
Más víctimas y una sombra que crece
Oficialmente, fue condenado por dos asesinatos.
Pero la ciudad contaba otra historia.
En esos mismos años, al menos una docena de mujeres aparecieron muertas en condiciones similares: hoteles, estrangulamiento, cuerpos desnudos, habitaciones ordenadas.
Un patrón que no se desvanecía.
Macario Alcalá Canchola fue señalado como el responsable probable de muchos de esos crímenes. Nunca todos pudieron ser comprobados. Pero su sombra se extendió sobre cada uno.
La mente detrás del horror
Los especialistas lo describieron como un hombre atrapado entre la inferioridad y la grandiosidad. Un perfil que combinaba rasgos antisociales y narcisistas: ausencia de empatía, necesidad de reconocimiento, impulsos violentos y una autoestima inflada que escondía inseguridad.
El mensaje en el espejo lo decía todo.
No solo mataba.
Quería ser recordado por hacerlo.
El final del “Jack mexicano”
Macario fue condenado a 60 años de prisión, la pena máxima en su momento.
No logró convertirse en el mito que aspiraba a ser. No alcanzó la fama global de su modelo londinense. Pero en la Ciudad de México dejó algo distinto: una historia incómoda, real, cercana.
Una serie de habitaciones donde la noche se volvió definitiva.
Y un nombre que aún resuena como eco en los pasillos de hoteles antiguos.
Porque algunos asesinos buscan huir.
Y otros… como Macario… buscan ser vistos.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.