Hay historias que no terminan, solo se quedan en pausa. Santita, la nueva serie que llega a Netflix, parte de esa idea para construir un relato donde el pasado regresa con la precisión de una deuda emocional. Protagonizada por Paulina Dávila y Gael García Bernal, la producción se estrena el 22 de abril con una mezcla de drama, ironía y personajes que no encajan en lo convencional.

La historia sigue a María José Cano, conocida como Santita, una mujer marcada por un accidente que cambió su vida y la llevó a tomar una decisión radical: abandonar al amor de su vida en el altar. Dos décadas después, el destino la coloca nuevamente frente a ese capítulo inconcluso, pero ahora con una petición que la obliga a mirar de frente todo lo que dejó atrás.

Lejos de construir una figura idealizada, Santita se presenta como un personaje contradictorio, irreverente y profundamente humano. Su apodo sugiere santidad, pero sus decisiones hablan de una complejidad emocional donde el humor ácido convive con la vulnerabilidad. Es ahí donde la serie encuentra su pulso: en los matices.

El proyecto marca la primera colaboración televisiva para Netflix del director Rodrigo García, conocido por explorar relaciones íntimas y dilemas personales en su filmografía. En Santita, ese enfoque se traslada a una narrativa que combina drama emocional con momentos de ligereza inesperada.

El elenco se complementa con Ilse Salas y Erik Hayser, quienes acompañan a los protagonistas en una historia que se mueve entre la nostalgia, las segundas oportunidades y las decisiones que nunca dejan de pesar.

Filmada entre Tijuana y la Ciudad de México, la serie utiliza estos escenarios como telón de fondo para una trama que no teme explorar lo incómodo. Más que una historia romántica tradicional, Santita se perfila como un retrato de los vínculos que sobreviven al tiempo, incluso cuando parecen rotos.

En una era donde las narrativas buscan personajes perfectos, esta serie apuesta por lo contrario: una protagonista que duda, falla y vuelve. Porque a veces, regresar no significa redimirse, sino entender lo que nunca se resolvió.