La Ciudad de México tiene formas muy particulares de esconder el peligro. A veces no llega con gritos ni persecuciones, sino con risas, vasos que chocan y promesas de fiesta. Así operan y operaban Las Goteras, una banda que convirtió la confianza en su mejor arma y el descuido en una sentencia.

Su nombre parece inofensivo, casi doméstico. Pero detrás de él se escondía un método tan silencioso como letal: gotas oftálmicas mezcladas con alcohol. Un gesto mínimo, casi invisible, capaz de apagar una vida en cuestión de horas.

Durante años, su modus operandi se repitió en bares, cantinas y restaurantes de la ciudad. Enganchaban a sus víctimas —en su mayoría hombres— con conversación, compañía y cercanía. Después, ya en la intimidad de una habitación, bastaba un trago adulterado para que todo se desdibujara. La intención inicial era el robo. Pero muchas veces, la dosis no perdonaba.

Fue en 2009 cuando el nombre de Las Goteras se incrustó definitivamente en la memoria colectiva.

Aquella noche, la zona de Garibaldi vibraba como siempre. Música, luces, copas que iban y venían. Entre la multitud estaban Alberto y Alejandro Jiménez, conocidos en el ring como La Parkita y Espectrito Jr., figuras del circuito de mini estrellas de la lucha libre mexicana. Sin máscara, eran simplemente dos hermanos celebrando.

La noche avanzó, y con ella, una decisión que cambiaría todo.

Horas después, ambos ingresaron al Hotel Moderno, en la colonia Centro. Habitación 52. El lugar donde la fiesta debía continuar, pero donde en realidad terminó todo.

A la mañana siguiente, el silencio fue lo primero que llamó la atención. Luego, la escena: dos cuerpos inmóviles sobre las camas, botellas a medio vaciar, restos de una noche que se había torcido sin ruido. No hubo señales de violencia evidente. Solo una calma extraña, casi irreal.

Las investigaciones apuntaron pronto a lo que parecía imposible de detectar a simple vista: intoxicación.

Las gotas habían hecho su trabajo.

El ciclopentolato, una sustancia utilizada en oftalmología, había sido ingerido junto con alcohol. El resultado fue devastador. Pérdida de conciencia, colapso del sistema, muerte. Un mecanismo que ya había sido identificado en otros casos, pero que nunca había tenido un impacto tan mediático.

Las responsables fueron identificadas y condenadas tiempo después. Pero el daño ya estaba hecho.

Más allá del crimen, lo que quedó fue una sensación incómoda: la certeza de que el peligro no siempre tiene rostro amenazante. A veces sonríe, conversa, acompaña. A veces se sienta contigo a brindar.

Desde entonces, el nombre de Las Goteras dejó de ser un rumor de calle para convertirse en advertencia. Una historia que circula entre mesas, bares y noches largas, recordando que en esta ciudad, incluso los momentos más cotidianos pueden esconder algo oscuro. Historia, que ha resurgido en la modernidad con nuevas bandas (si no es que la misma) de goteras que operan en aplicaciones de citas.

Porque hay tragedias que no hacen ruido.

Solo caen, gota a gota.