Hay conciertos que funcionan como una cápsula del tiempo. No porque te regresen al pasado, sino porque traen el pasado de golpe al presente, lo ponen frente a ti y lo hacen sonar fuerte. Así se sintió ver a Public Image Ltd. el domingo 19 de abril de 2026 en el Auditorio BB.
Llegamos a las 7:45 y el lugar todavía respiraba con calma. Había espacio de sobra, como si el concierto aún no terminara de convencer a la noche de que iba en serio. Pero poco a poco la gente fue llegando, ocupando su lugar con esa mezcla de expectativa y respeto que suele rodear a las bandas que ya no tienen que demostrar nada. Minutos antes de las 8 comenzaron los primeros chiflidos, tímidos al inicio, más insistentes después, como pequeñas olas queriendo empujar el arranque.
A las 8:13, una voz institucional rompió la espera con el clásico mensaje de bienvenida… seguido de una petición peculiar: evitar saltar, ya que el recinto está en zona residencial y cerca de un hospital. La reacción fue inmediata: chiflidos, risas, cierta indignación juguetona. Aunque, siendo honestxs, todxs sabíamos que nuestras rodillas ya no está para esos trotes. El punk envejece, pero no pide permiso.
Y entonces, a las 8:15 en punto, salieron al escenario John Lydon, Bruce Smith, Lu Edmonds y Scott Firth. La ovación fue cálida, sincera, como quien recibe a viejos conocidos que marcaron una época. Sin rodeos, arrancaron con Home, y desde ahí quedó claro que no habría concesiones: sonido directo, sin adornos, sin pantallas gigantes ni artificios. Solo ellos y su historia.
El público no tardó en corear “Johnny, Johnny”, recordándole a Lydon que, para muchxs, sigue siendo ese detonador que incendió al punk con los Sex Pistols y luego decidió reinventarse con PiL, empujando el sonido hacia territorios más experimentales. Siguieron Know Now y Corporate, manteniendo una línea firme entre lo político, lo incómodo y lo hipnótico.
Uno de los momentos más intensos llegó con World Destruction, ese cruce de géneros que nació con Time Zone y Afrika Bambaataa, y que en vivo suena como una colisión controlada entre punk, funk y caos. Pero si hubo un punto donde la noche se volvió colectiva, fue con This Is Not a Love Song. Ahí sí, el público soltó la voz sin reservas, como si esa frase —tan simple y tan cargada— siguiera teniendo algo que decir décadas después.
El recorrido continuó con piezas clave como Poptones, Death Disco, Flowers of Romance y Public Image, armando un setlist que no buscaba complacer a todxs, sino ser fiel a sí mismo. Porque PiL nunca ha sido una banda de nostalgia fácil. Es más bien una banda que incomoda, que cambia, que se mueve incluso cuando parece quedarse quieta.
Después de Open Up, Lydon pidió tres minutos para salir a fumar. Sin drama, sin espectáculo. Solo un descanso breve antes del encore. Y al regresar, soltaron Rise, que terminó de amarrar la noche con una energía que, lejos de sentirse vieja, se sintió resistente.
Algo que llamó la atención fue la forma en la que el público vivió el concierto. Sí, estaba prendido. Sí, hubo aplausos, emoción, momentos de conexión. Pero no fue un coro constante ni un desbordamiento colectivo. Fue más bien una escucha atenta, casi reverencial. Como si la gente hubiera ido no solo a cantar, sino a presenciar algo. Historia viva, sin filtros.
En lo personal, había visto a PiL hace una década, en el extinto El Plaza Condesa. Aquella vez, la sensación fue distinta: más distante, más automática. Esta vez, en cambio, hubo más interacción, más guiños, más presencia. No es que el show sea espectacular en términos visuales, porque no lo es. Pero tampoco lo necesita. La fuerza está en ellos, en lo que representan, en lo que siguen siendo sobre el escenario.
El cierre con Annalisa, Attack y Chant dejó esa sensación de haber visto algo sólido, honesto. Sin nostalgia forzada, sin intentar revivir lo que ya fue, pero tampoco negándolo. PiL sigue ahí, en ese punto incómodo y fascinante donde el pasado y el presente chocan… y hacen ruido.
Y al salir, entre comentarios sueltos y pasos lentos, quedaba claro algo: puede que ya no saltemos como antes, pero hay conciertos que no necesitan eso para quedarse contigo.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.