En una vieja imprenta del Centro Histórico, entre las calles de Tacuba y Motolinía, una mujer desafió al México del siglo XIX con ideas que parecían imposibles. Mientras el país seguía viendo a las mujeres como adornos domésticos o sombras silenciosas detrás de los hombres, Laureana Wright de Kleinhans llenó periódicos con voces femeninas, defendió el derecho de las mujeres a estudiar, cuestionó el matrimonio como destino único… y terminó creyendo que los espíritus podían dictar poemas desde el más allá.
Su historia parece salida de una novela gótica iluminada por velas y tinta.
Laureana Wright nació en Taxco en 1846, en un México todavía estremecido por guerras, invasiones y cambios políticos. Desde niña aprendió español, inglés y francés, algo extraordinario para una mujer de su época. Mientras muchas niñas eran educadas únicamente para bordar o casarse, ella creció rodeada de libros y discusiones intelectuales.
Aquella educación marcaría el resto de su vida.
Con el tiempo se convirtió en escritora, periodista y una de las voces más radicales del feminismo mexicano del siglo XIX. En sus textos insistía en algo que escandalizaba a muchos hombres de la época: las mujeres eran intelectualmente iguales a ellos. El problema no era la capacidad femenina, sino la falta de acceso a la educación.
En 1884 fundó Violetas del Anáhuac, considerada una de las primeras revistas feministas de México. El proyecto era revolucionario: un periódico escrito por mujeres y para mujeres, donde se hablaba de ciencia, literatura, política y derechos femeninos.
Las páginas de Violetas del Anáhuac eran una especie de grieta luminosa dentro de una sociedad profundamente conservadora.
Ahí se discutía el derecho al voto femenino, la emancipación intelectual y la necesidad de transformar el papel de la mujer mexicana. Laureana también recuperó figuras femeninas históricas como Sor Juana Inés de la Cruz, a quien veía como una antepasada espiritual de la rebeldía intelectual femenina.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
En 1891, después de abandonar temporalmente sus proyectos editoriales por problemas de salud, Laureana comenzó a interesarse profundamente por el espiritismo kardeciano, corriente filosófica nacida en Europa que afirmaba que los muertos podían comunicarse con los vivos mediante médiums.
Y lo que empezó como curiosidad terminó convirtiéndose en obsesión.
La escritora quedó fascinada con sesiones donde mujeres entraban en trance y aseguraban recibir mensajes de personajes históricos fallecidos. Según Laureana, aquellas médiums escribían textos complejos, poemas y reflexiones filosóficas bajo la influencia de espíritus como Miguel de Cervantes, Napoleón Bonaparte o incluso Miguel Hidalgo.
Para muchxs era fraude.
Para otrxs, era una puerta abierta hacia otra dimensión.
Laureana decidió entonces convertir su interés espiritista en un proyecto editorial. Así nació La Ilustración Espírita, periódico que mezclaba feminismo, filosofía, literatura y relatos paranormales. Desde su imprenta ubicada en Tacuba 37, el edificio comenzó a llenarse de voces femeninas que escribían sobre apariciones, sesiones mediúmnicas y mensajes provenientes del más allá.
La revista era algo insólito para su tiempo.
Mientras otros periódicos relegaban a las mujeres a columnas sociales o poemas decorativos, La Ilustración Espírita las colocaba en el centro de discusiones intelectuales y sobrenaturales. Las médiums no eran presentadas como histéricas o farsantes, sino como canales de conocimiento espiritual.
Aquello provocó fascinación y miedo.
La Ciudad de México de finales del siglo XIX era un lugar donde convivían la ciencia positivista, la religión católica y las obsesiones ocultistas heredadas de Europa. En salones privados, casas elegantes y viejas casonas del Centro Histórico comenzaron a realizarse sesiones espiritistas iluminadas apenas por lámparas de aceite y murmullos nerviosos.
Algunxs aseguraban que en la editorial de Tacuba podían escucharse voces durante la madrugada.
Otrxs decían que las escritoras de la revista parecían entrar en estados extraños mientras redactaban artículos. Había quienes juraban que ciertas páginas aparecían completas después de sesiones espiritistas particularmente intensas.
Laureana Wright nunca negó esas historias.
De hecho, defendía la idea de que el espiritismo podía convertirse en una herramienta de emancipación femenina. En un mundo donde las mujeres tenían prohibido ocupar espacios de autoridad política o religiosa, las médiums adquirían un poder inesperado: hablaban, enseñaban y eran escuchadas.
Aunque hoy muchxs recuerdan a Laureana Wright solamente como pionera del feminismo mexicano, su interés por el espiritismo revela otra faceta mucho más inquietante y fascinante.
Ella imaginó un país donde las mujeres pudieran escribir libremente… incluso si las palabras parecían llegar desde el otro lado de la muerte.
Y quizá por eso su figura sigue pareciendo tan moderna.
Porque entre periódicos feministas, sesiones mediúmnicas y fantasmas literarios, Laureana Wright convirtió la tinta en un puente entre dos mundos.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.