En el antiguo callejón de Mecateros, donde hoy la avenida 5 de Mayo atraviesa el Centro Histórico de la Ciudad de México como un río de autos y peatones, existió una casona que durante décadas fue señalada en voz baja por vecinxs, religiosas y curiosos. La llamaban simplemente “la casa de los Jáuregui”. Bastaba verla para entender por qué: balcones pesados de hierro vizcaíno, muros húmedos, canalones ennegrecidos y un enorme portón coronado por piedra armera que parecía tragarse la luz de la calle.

A finales del siglo XIX, cuando el Ayuntamiento decidió derribar varias construcciones para ampliar la vialidad, aquella casa abandonada desapareció bajo los picos y las palas. Pero entre los escombros surgió algo que convirtió un rumor en leyenda macabra: detrás de un muro encontraron el cuerpo momificado de una mujer abrazando a un niño.

Desde entonces, muchxs aseguraron que aquella figura era la misma que, años antes, caminaba de noche por los corredores de la vieja casa.

La mujer de negro que rezaba con las monjas

La historia comenzó durante los años turbulentos de la Reforma. Algunas religiosas expulsadas de sus conventos encontraron refugio en la casa de los Jáuregui gracias a dos ancianas piadosas que habitaban el lugar. Las monjas improvisaron un pequeño oratorio donde rezaban maitines entre velas, olor a cera y el eco lejano de las campanas del centro de la ciudad.

Fue ahí donde apareció por primera vez la mujer enlutada.

Entraba siempre a la misma hora. Alta, delgada, cubierta de negro de pies a cabeza. En una mano llevaba una vela encendida y en la otra sostenía un pequeño bulto contra el pecho. Sobre la oscuridad del vestido brillaba un collar de rubíes que parecía encenderse con la llama.

Nunca hablaba.

Las religiosas pensaron que se trataba de alguna familiar de las dueñas de la casa, hasta que una noche preguntaron por ella. La respuesta las dejó heladas: nadie había entrado jamás.

A partir de entonces comenzaron los suspiros, el roce de pasos sobre los corredores y un llanto apenas perceptible que parecía salir de los muros. Una madrugada, la figura levantó ligeramente el rostro antes de desaparecer en una habitación cerrada desde hacía años. Las monjas corrieron detrás de ella y abrieron la puerta oxidada. Dentro no había nadie. Solo polvo, muebles carcomidos y el olor agrio del encierro.

Poco después las religiosas huyeron del lugar al enterarse de que serían arrestadas por dar refugio clandestino a monjas. La casa quedó marcada para siempre.

El escéptico que dejó de sonreír

Tiempo después, el inmueble fue adquirido por el bibliófilo José Herrera, hombre culto que se burlaba de las historias de aparecidos. Decía que los fantasmas eran inventos para asustar beatas y niños.

La seguridad le duró poco.

La primera noche escuchó un llanto junto a su cama. Otra madrugada oyó cómo alguien arrastraba un cuerpo pesado por los corredores. Revisó toda la casa con una lámpara en mano y no encontró a nadie. Las puertas seguían cerradas.

Obsesionado, comenzó a pensar que bajo la casa había un tesoro oculto. Decidió levantar el suelo de la habitación donde terminaban los lamentos y empezó a cavar.

Entonces ocurrió aquello que contaría años después con la voz quebrada.

Frente a él apareció una mujer vestida de negro, con el cabello húmedo pegado al rostro, un niño dormido entre los brazos y un collar de rubíes ardiendo bajo la luz de la vela. Sin mover los labios, le dijo:

“Aquí no hay tesoro alguno. Y lo que hay… tú no has de descubrirlo.”

Herrera abandonó la casa ese mismo día.

El muro abierto y el secreto de los Jáuregui

En 1881 comenzaron las demoliciones de los callejones del Arquillo y Mecateros para abrir paso a la nueva traza de 5 de Mayo. La casa de los Jáuregui, vacía y deteriorada, fue derribada junto con otras construcciones coloniales.

Los trabajadores contaban que uno de los muros sonó hueco al recibir los golpes. Cuando cayó, apareció un nicho sellado. Dentro estaba el cadáver momificado de una mujer sujetando el cuerpo pequeño de un niño.

Todavía llevaba restos de un collar de piedras rojas.

La noticia recorrió la ciudad entre murmullos y estampitas religiosas. Algunxs aseguraron que era doña Inés de Jáuregui, una mujer de fortuna casada con un hombre violento y jugador llamado Pedro Solares. Según la leyenda, él habría intentado arrebatarle sus riquezas y, cegado por la rabia, la emparedó viva junto a su hijo tras una discusión.

Nadie pudo comprobarlo jamás.

Pero desde entonces, cuando cae la noche sobre la avenida 5 de Mayo y el ruido del Centro Histórico se vuelve un eco lejano, todavía hay quienes afirman escuchar un llanto apagado entre las paredes antiguas que sobreviven detrás de los comercios modernos.

Como si la dama de los rubíes siguiera buscando una salida entre los muros de la vieja ciudad.