En abril de 1906, mientras la Ciudad de México intentaba entrar al siglo XX entre tranvías eléctricos, elegantes sombreros franceses y el brillo porfiriano, un antiguo templo convertido en recinto cultural abrió sus puertas para discutir un tema que obsesionaba a científicos, políticos, escritores y curiosos: la posibilidad de hablar con los muertos.
El escenario fue el antiguo Templo de San Agustín, adaptado entonces como sede del Conservatorio Nacional de Música, en la calle de República de Uruguay 67. Durante varios días, aquel edificio de ecos barrocos recibió al Primer Congreso Nacional Espírita, un encuentro donde convivieron médicos, filósofos, médiums, masones, intelectuales y creyentes convencidos de que el alma podía estudiarse como cualquier fenómeno científico.
Y sí, el evento fue inaugurado oficialmente por Porfirio Díaz.
El teatro donde se discutía la vida después de la muerte
Las crónicas cuentan que el recinto lucía abarrotado. Bajo las antiguas bóvedas agustinas se reunieron delegados provenientes de distintas regiones del país para escuchar conferencias sobre reencarnación, telepatía, mediumnidad y la supervivencia del espíritu después de la muerte.
La figura central del encuentro fue Enrique Baig, presidente del Congreso y una de las voces más importantes del espiritismo mexicano de principios del siglo XX. Para muchos asistentes, aquello no era simple superstición: se trataba de una nueva ciencia del alma.
En pleno Porfiriato, cuando México presumía modernidad y progreso, el espiritismo encontró terreno fértil entre sectores ilustrados que buscaban reconciliar religión, ciencia y filosofía. Las sesiones mezclaban razonamientos positivistas con relatos de apariciones, comunicaciones astrales y experimentos mediúmnicos realizados a oscuras, entre mesas que vibraban y voces surgidas del silencio.
El antiguo templo parecía perfecto para ello.
Quienes asistieron describían una atmósfera extraña. Los corredores todavía conservaban el aire monástico del viejo convento de San Agustín, y algunos aseguraban que, al terminar las sesiones nocturnas, se escuchaban pasos en las galerías vacías o murmullos imposibles de identificar entre los muros.
Francisco I. Madero y los mensajes del otro mundo
Entre los participantes indirectos del Congreso apareció un nombre que años después cambiaría la historia de México: Francisco I. Madero.
Mucho antes de convertirse en líder revolucionario y presidente de la República, Madero era un ferviente creyente del espiritismo kardeciano. Fascinado por la comunicación con entidades desencarnadas, escribió varios textos filosóficos y políticos influenciados por estas ideas.
Se sabe que envió tres ensayos para ser leídos durante el Congreso. En ellos defendía la evolución espiritual del ser humano y la necesidad de construir una sociedad más justa basada en principios de fraternidad universal.
No era una excentricidad aislada. Para muchos espiritistas de la época, el progreso moral de México dependía tanto de la educación científica como de la elevación espiritual.
Las conclusiones que desafiaban a la Iglesia y a la ciencia
Al finalizar el encuentro, el Congreso redactó una serie de conclusiones que hoy parecen salidas de una mezcla imposible entre tratado filosófico, manifiesto social y doctrina esotérica.
Declararon que Dios existía como causa de toda existencia. Afirmaron que el espíritu era eterno y que la reencarnación ocurría no solo en la Tierra, sino en múltiples mundos habitados del universo. Sostuvieron también que la supervivencia del alma había sido demostrada “por métodos científicos” gracias a la experimentación mediúmnica.
Pero quizá lo más radical fue su dimensión social.
Los espiritistas defendieron la educación laica obligatoria, la libertad dentro de la justicia y la fraternidad humana como principios indispensables para el progreso. En una época marcada por profundas desigualdades sociales, aquellas ideas sonaban casi subversivas.
De ese encuentro nació además el Centro de Estudios Teosóficos, ampliando todavía más la influencia de corrientes esotéricas, espiritistas y filosóficas en la vida intelectual mexicana.
El antiguo templo donde todavía flotan los ecos
Hoy, entre comercios, oficinas y el incesante movimiento del Centro Histórico, pocxs recuerdan que en República de Uruguay 67 se celebró uno de los encuentros espiritistas más importantes de América Latina.
El viejo edificio de San Agustín sigue ahí, transformado por el tiempo, pero cargando una historia peculiar: durante unos días de 1906, sus muros dejaron de ser únicamente religiosos o académicos y se convirtieron en una frontera simbólica entre los vivos y los muertos.
Tal vez por eso algunos trabajadores del lugar aseguran que ciertas noches el edificio adquiere un silencio raro, espeso, como si todavía conservara las voces de quienes intentaron demostrar que el alma nunca desaparece del todo.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.