En una antigua casa del Centro Histórico de la Ciudad de México nació uno de los personajes más enigmáticos de la religiosidad popular mexicana. Para sus seguidorxs, Roque Jacinto Rojas Esparza no fue solamente un profeta, sino el “tercer y último mesías”, un hombre que aseguraba haber recibido revelaciones divinas y cuya figura todavía habita entre archivos religiosos, relatos sobrenaturales y memorias urbanas.

Nacido el 16 de agosto de 1812, hijo de un español y una mujer otomí, Roque Rojas construyó alrededor de sí una narrativa que mezclaba misticismo cristiano, tradiciones indígenas, profecías apocalípticas y símbolos bíblicos. Según la tradición eliasista, en junio de 1861 el ángel Gabriel se le apareció mientras dormía en Iztapalapa. La visión lo condujo ante un triángulo de oro y una paloma blanca que le revelaron ser “Elías prometido”, enviado para inaugurar una nueva era espiritual.

Desde entonces comenzó a consolidarse un movimiento religioso que más tarde sería conocido como la Iglesia Eliasista de México. Entre sus fieles también era llamado “Padre Elías”, “Tata Roquito” o “Pastorcito Elías”, nombres que reflejan la dimensión popular y casi familiar que alcanzó entre comunidades creyentes del siglo XIX.

La historia de Roque Rojas parece escrita entre el evangelio, la leyenda y el folletín fantástico. Se decía que realizaba milagros: curó leprosos en 1861, devolvió la vista a un hombre en 1862 y resucitó a una mujer que llevaba dos días muerta en 1863. Su fama creció rápidamente en una época donde México vivía guerras, invasiones extranjeras e inestabilidad política. La figura del profeta comenzó a circular entre rumores de persecución y conspiraciones religiosas.

Los relatos eliasistas afirman incluso que Maximiliano de Habsburgo y Carlota de México llegaron a conocerlo. A ellos les habría anunciado la caída del Segundo Imperio Mexicano. También se cuenta que fue perseguido por tropas francesas hasta la zona de Los Dinamos, donde desapareció misteriosamente, como si la montaña hubiera decidido tragarse al profeta.

El nacimiento de una nueva doctrina

La construcción espiritual de Roque Rojas tomó elementos del judaísmo, el cristianismo y distintas tradiciones populares mexicanas. El Eliasismo se concebía como la “tercera era” de la humanidad, posterior a la de Moisés y la de Jesús. Para sus seguidores, Roque Rojas era el último enviado divino, encargado de revelar un nuevo testamento espiritual.

Gran parte de esta doctrina quedó plasmada en el llamado Libro Sagrado de las Profecías, escrito en 1869. El texto contiene 144 versículos donde se anuncian guerras, catástrofes, cambios sociales y fenómenos tecnológicos. Algunas frases parecen anticipar inventos modernos y conflictos globales con imágenes que mezclan poesía bíblica y visión apocalíptica.

Entre sus profecías aparecen hombres “volando como aves”, guerras mundiales, grandes concilios de naciones, cambios climáticos y doctrinas religiosas fragmentadas. La escritura avanza como una tormenta simbólica: estrellas que chocan, mares que cambian de lugar y civilizaciones enteras enfrentadas al juicio final.

Entre mito, religión y cultura popular

Más allá de las creencias de sus seguidorxs, la figura de Roque Rojas resulta fascinante porque revela cómo en México surgieron movimientos religiosos capaces de fusionar herencias indígenas, espiritualidad popular y reinterpretaciones cristianas en pleno siglo XIX.

Su biografía está atravesada por códices perdidos, linajes malditos, señales celestes y visiones proféticas. La narrativa alrededor de su nacimiento incluso asegura que llegó al mundo rodeado de una intensa luz mientras aves nocturnas cantaban en la ventana de la habitación donde nació.

Hoy, Roque Rojas permanece como un personaje casi secreto de la historia mexicana. No suele aparecer en los libros escolares ni en las grandes narrativas oficiales, pero sigue vivo en comunidades eliasistas, documentos religiosos y relatos transmitidos entre creyentes. Su historia parece emerger desde una Ciudad de México subterránea y espiritual, donde las profecías todavía caminan entre templos antiguos, calles coloniales y memorias olvidadas.