Durante varias horas, el centro de la Ciudad de México se llenó de golpes, gritos, expectativa y fragmentos de hielo cayendo sobre el pavimento. Lo que parecía una instalación urbana terminó convirtiéndose en una especie de ritual colectivo alrededor del futbol: romper un enorme balón de hielo para ganar entradas dobles a la Copa Mundial de la FIFA 2026.

La activación, organizada por Tequila Don Julio, reunió a cientos de personas el sábado pasado en el Jardín Juárez, en la colonia Centro, donde fue instalada una gigantesca escultura de hielo con un premio oculto en su interior. El objetivo era simple, aunque físicamente agotador: abrirse paso hasta el centro del balón antes que los demás participantes.

Más de 500 asistentes siguieron la dinámica, que se desarrolló en distintos turnos entre las 15:00 y las 19:00 horas. Las personas registradas podían entrar por lapsos breves para golpear la estructura con herramientas proporcionadas por la organización y tratar de fracturar el hielo lo suficiente como para acercarse al portafolio donde estaban resguardados los boletos.

Conforme avanzaba la tarde, el balón comenzó a mostrar grietas visibles y el ambiente se volvió cada vez más intenso. Cada fragmento desprendido era celebrado por el público como si se tratara de un gol en tiempo extra. Entre teléfonos grabando, porras improvisadas y el sonido metálico de las herramientas chocando contra el hielo, el Jardín Juárez terminó transformándose en una arena urbana marcada por la emoción futbolera rumbo al Mundial de 2026.

La convocatoria se realizó mediante códigos QR distribuidos en distintos puntos de la ciudad, una estrategia que trasladó parte de la experiencia a las calles y generó expectativa entre aficionados al futbol y curiosos que se encontraban con la intervención urbana.

El momento final llegó cuando el comentarista deportivo Christian Martinoli apareció para acompañar los últimos intentos y entregar personalmente el premio a quien logró romper el núcleo de hielo. El instante desató aplausos y celebraciones entre los asistentes, que siguieron cada golpe final como si fuera una tanda de penales.

Más allá de la competencia, la instalación convirtió por unas horas el espacio público en un punto de encuentro donde la expectativa mundialista, el espectáculo urbano y la participación colectiva se mezclaron en una experiencia poco común en el corazón de la capital.