Todos los días, miles de personas se reúnen en el Mercado de La Viga, ubicado en la esquina de Lorenzo Boturini y Calzada de La Viga. Es uno de los lugares más famosos de la Ciudad de México para comprar pescados y mariscos frescos y baratos. Desde la madrugada, los pasillos se llenan de clientes, cargadores y comerciantes que van y vienen entre montañas de hielo, camarones, huachinangos y mojarras.

Pero cuando la noche cae y el último cliente abandona el lugar, el mercado cambia. Las y los locatarios dicen que entonces aparece aquello a lo que llaman El Poltergeist de La Viga.

Cuentan que, a medida que los pasillos se vacían, el ambiente se vuelve pesado. El aire se enfría incluso en las noches más cálidas y un extraño silencio se apodera del lugar. Hay quienes aseguran sentir escalofríos repentinos o la sensación de que alguien les observa desde el otro extremo del mercado.

Es en ese momento cuando puede verse una sombra.

No tiene un rostro definido ni parece caminar. Se desplaza lentamente, flotando unos centímetros sobre el suelo mojado. Recorre los pasillos sin hacer ruido, deteniéndose de vez en cuando frente a algún puesto cerrado.

Y entonces comienza a jugar.

A veces tira un pescado al piso. Otras veces mueve una caja que había quedado perfectamente acomodada. Hay quien jura haber visto cómo unas monedas salían disparadas del mostrador sin que nadie las tocara. Sin importar la travesura, la sombra nunca permanece demasiado tiempo. Después de unos minutos desaparece entre la oscuridad, como si se hubiera aburrido.

Lxs más viejos dicen que no es un espíritu maligno. Que solo es inquieto. Que siempre ha sido así. Porque la historia del Poltergeist de La Viga comenzó mucho antes de que existiera el mercado.

Hace más de un siglo, cuando esta parte de la ciudad todavía estaba atravesada por agua, La Viga era uno de los sitios más animados de la capital.

Por el antiguo canal navegaban trajineras cargadas de flores, frutas, tamales, pulque y mercancías procedentes del sur del Valle de México. Durante la Cuaresma, las orillas se llenaban de música y de familias enteras que acudían a pasear entre jardines flotantes y canoas decoradas.

Era una ciudad distinta.

Una ciudad que se recorría por agua.

Y fue ahí donde vivió Fermín.

Don Fermín era comerciante y transportaba sus productos en una pequeña embarcación. Todos lo conocían porque era alegre y bromista.

Le gustaba esconder las herramientas de otros vendedores para luego devolvérselas entre carcajadas. Cambiaba las canastas de lugar o soltaba las cuerdas de las trajineras solo para ver las caras de sorpresa de sus amigos.

Nadie se enojaba demasiado. Era imposible hacerlo. Fermín tenía esa clase de alegría contagiosa que parecía formar parte del paisaje de La Viga. Pero una noche, todo terminó.

Se dice que, a principios de los años veinte, varios hombres intentaron robarle el dinero que había ganado durante el día.

Algunxs cuentan que quisieron engañarlo. Otrxs aseguran que lo emboscaron mientras regresaba a casa. Lo único en lo que coinciden todas las versiones es en el desenlace.

Fermín murió aquella noche.

Y su cuerpo nunca apareció.

Las aguas del canal, dicen, se lo llevaron.

Otros creen que jamás abandonó el lugar.

Poco tiempo después comenzaron a ocurrir cosas extrañas. Herramientas que desaparecían y aparecían en otros embarcaderos. Cajas que cambiaban de sitio sin explicación. Canoas que parecían moverse solas.

Lxs comerciantes comenzaron a bromear diciendo que Fermín seguía haciendo de las suyas.

Pero con los años, la broma dejó de parecer una broma.

Porque los sucesos continuaron.

El canal desapareció. Las aguas fueron cubiertas por asfalto. La ciudad se transformó y el antiguo paseo se convirtió en avenidas, bodegas y mercados.

Sin embargo, la presencia permaneció.

Como si algo hubiera quedado atrapado entre el recuerdo del agua y el ruido de la ciudad moderna.

El Poltergeist encontró un nuevo hogar entre los pasillos del Mercado de La Viga.

Y ahí sigue.

Los veladores conocen sus horarios. Saben que hay noches en las que es mejor no quedarse solos.

Algunos le dejan una moneda sobre el mostrador antes de marcharse. Otros le hablan al aire.

—Ya me voy, Don Fermín. Cuídame el puesto.

Y aseguran que, a veces, una caja se mueve ligeramente en respuesta. O que una pequeña carcajada se escucha a lo lejos. Una risa juguetona. Como la de un hombre que se niega a aceptar que su tiempo terminó.

Quizá sea solo una leyenda.

Quizá el antiguo Canal de La Viga aún conserve ecos de quienes navegaron sus aguas.

O quizá Don Fermín siga ahí, recorriendo el mercado cuando todos se han ido, buscando alguien a quien gastarle una última broma.

Así que, si alguna vez visitas La Viga al anochecer y sientes que el aire se vuelve más frío, procura no dejar nada olvidado.

Porque si una sombra se detiene frente a tu puesto y escuchas una risita detrás de ti… es posible que el Poltergeist de La Viga haya decidido jugar contigo.