Hoy se llama Tabaqueros, y miles de personas pasan por ahí sin imaginar que, hace siglos, aquel rincón del Centro Histórico tenía un nombre mucho más inquietante: El Callejón de los Muerteros.

Durante la época colonial, el lugar era conocido porque ahí vivían varios fabricantes de ataúdes. Cuando alguien moría en la ciudad, era común ver a familiares y conocidos recorrer el estrecho callejón cargando cuerpos envueltos en sábanas para encargar el último cajón que acompañaría al difunto.

Era una calle acostumbrada a la muerte. Una calle donde el luto era parte de la vida cotidiana.

Y entre todos los muerteros que trabajaban ahí, ninguno era tan temido como Espiridón Sepúlveda.

Los vecinos aseguraban que parecía la propia Muerte caminando entre los vivos.

Tenía una voz profunda y cavernosa. La piel pálida. Los ojos hundidos. Y una apariencia tan antigua que nadie recordaba haberlo visto joven.

Las personas más ancianas del barrio juraban que Espiridón ya vivía en el callejón cuando las primeras casas comenzaron a levantarse. Y eso había ocurrido más de un siglo atrás. Nadie sabía cuántos años tenía. Ni cómo seguía con vida. Vivía completamente solo. Bueno, casi solo.

Siempre lo acompañaba un extraño perro negro cuyo pelaje parecía estar eternamente húmedo, incluso durante los días más secos del año.

Pero lo más perturbador de Espiridón era una regla que jamás rompía.

Ningún ataúd podía abandonar su taller vacío.

Jamás.

Si alguien necesitaba una caja para transportarla a otro lugar, debía enviar a una persona para viajar dentro durante el trayecto. Por absurda que pareciera aquella condición, nadie lograba hacerlo cambiar de opinión. Lxs vecinxs pensaban que era una simple superstición.

Hasta que llegó la noche que cambió para siempre la historia del callejón.

Sin previo aviso, Espiridón comenzó a construir un ataúd.

No era un encargo.

No había ningún cliente esperando.

Trabajó durante días enteros.

Cortó la madera. Midió cuidadosamente cada tabla. Y al terminar, anunció que había fabricado el cajón perfecto. Para sí mismo.

Pocos días después fue encontrado muerto dentro de aquel ataúd.

Rodeado de veladoras.

Como si hubiera estado esperando el momento exacto de su partida.

La noticia recorrió la ciudad.

Algunos rezaron por él. Otros celebraron en silencio.

Después de todo, el viejo muertero siempre había provocado temor.

Pero la verdadera pesadilla comenzó tras su entierro.

Aquella misma noche, los veladores del antiguo cementerio de San Andrés escucharon un crujido proveniente de una tumba recién cerrada.

Al acercarse, observaron algo imposible. Una mano emergía lentamente de la tierra. Después apareció un brazo.Luego el cuerpo completo.

Era Espiridón.

El muertero acababa de salir de su propia sepultura.

Uno de los veladores murió del susto.

El otro huyó sin mirar atrás.

Y mientras el pánico se extendía por la ciudad, Espiridón caminó tranquilamente de regreso al Callejón de los Muerteros acompañado por su extraño perro.

Como si nada hubiera ocurrido. Como si jamás hubiera muerto.

Los vecinos comenzaron a encerrarse al verlo pasar.

Pero pronto descubrieron algo todavía peor.

Espíridón había adquirido una nueva costumbre.

A veces se acercaba a una persona.

Sacaba una cinta de medir. Y tomaba sus dimensiones en completo silencio.

Nadie entendía por qué lo hacía.

Hasta que comenzaron las muertes.

Cada persona medida por el muertero fallecía días después.

Algunas enfermaban. Otras sufrían accidentes. Algunas simplemente se acostaban a dormir y nunca despertaban.

Entonces la gente comprendió. Espíridón no estaba tomando medidas. Estaba construyendo ataúdes. Ataúdes para personas que aún no sabían que iban a morir.

Pronto nadie quiso acercarse a él.

Las calles se vaciaban cuando aparecía.

Las puertas se cerraban.

Las ventanas se bloqueaban.

Pero era inútil.

Porque cuando el muertero decidía medir a alguien, el destino parecía estar escrito.

Con los años, las historias se multiplicaron.

Algunxs aseguraban haber visto figuras espectrales caminando detrás de Espiridón.

Sombras envueltas en sudarios.

Personas que parecían seguirlo en silencio.

Como si fueran antiguos clientes incapaces de abandonar el mundo de los vivos.

Otrxs afirmaban escuchar martillazos provenientes de su taller durante la madrugada.

Golpes secos. Constantes.

El sonido de alguien construyendo ataúdes en medio de la noche.

Aunque el taller estuviera vacío.

Aunque Espiridón hubiera desaparecido décadas atrás.

Porque un día, tan misteriosamente como regresó de la muerte, el viejo muertero desapareció.

Y nadie volvió a verlo.

Ni a él.

Ni a su perro.

Sin embargo, la leyenda nunca abandonó el callejón.

Los habitantes comenzaron a hablar de las Ánimas de los Muerteros.

Espíritus que aún recorren el antiguo callejón hoy llamado Tabaqueros después de la medianoche.

Dicen que en algunas noches se escuchan pasos arrastrándose sobre el empedrado.

Que sombras humanas avanzan cargando ataúdes invisibles.

Y que, de vez en cuando, una figura anciana aparece al final de la calle sosteniendo una cinta de medir entre sus manos.

Quienes la ven suelen alejarse de inmediato.

Porque existe una creencia que sigue viva después de siglos.

Si las Ánimas de los Muerteros se detienen a observarte…

Y si Espiridón decide tomar tus medidas…

Quizá ya conozca la fecha de tu último viaje.