En las sombras del Porfiriato, cuando la Ciudad de México aún olía a tranvía, pulque y río abierto, un nombre comenzó a circular con miedo contenido en los barrios del norte: Francisco Guerrero Pérez, apodado El Chalequero. Entre 1880 y 1888 asesinó a alrededor de 20 mujeres, en su mayoría trabajadoras sexuales, y en 1908 volvió a matar. Su figura quedó inscrita como el primer asesino en serie del que se tiene registro formal en México.
Su historia coincidió en el tiempo con la de Jack el Destripador, lo que alimentó comparaciones en la prensa de la época, que también lo llamó el Barbazul mexicano o el Degollador del río Consulado. A diferencia del mito londinense, Guerrero tenía nombre, rostro y vecindario: vivía en Peralvillo, trabajaba como zapatero y vestía con chalecos llamativos que terminaron por bautizarlo.
Origen y personalidad
Nacido en 1840 en el Bajío, en una familia marcada por la pobreza y la violencia, emigró joven a la capital. Fue descrito como galán, elegante y pendenciero. Carismático en la superficie, profundamente misógino en el fondo. Se declaraba devoto católico, estuvo casado y tuvo varios hijos, mientras sostenía múltiples relaciones con mujeres a quienes cosificaba y explotaba.
Diversos análisis posteriores lo perfilan con rasgos de personalidad antisocial y narcisista: ausencia de culpa, manipulación, ira súbita y una necesidad de ejercer poder mediante la violencia sexual. Sus crímenes no eran impulsos caóticos, sino actos organizados.
Modus operandi
Abordaba a sus víctimas bajo el pretexto de contratar sus servicios. Después de agredirlas sexualmente, las estrangulaba o degollaba con un cuchillo que también utilizaba en su oficio de zapatero. En algunos casos las decapitaba y arrojaba los cuerpos al río Consulado.
En 1888 fue detenido por el asesinato de Murcia Gallardo. Aunque se le vinculó con múltiples crímenes, solo fue condenado por ese caso y por la agresión a una mujer llamada Emilia. Sentenciado inicialmente a muerte, Porfirio Díaz conmutó la pena por 20 años en San Juan de Ulúa. Fue liberado en 1904 por un indulto erróneo.
En 1908 asesinó a una anciana llamada Antonia. Fue capturado nuevamente y enviado a Lecumberri. Murió en 1910 antes de que se ejecutara su sentencia, sin mostrar arrepentimiento.
Víctimas identificadas
La mayoría de sus víctimas nunca fueron plenamente identificadas. Entre los nombres que han trascendido en archivos y crónicas se encuentran:
- Candelaria García
- Francisca Rivero, “la Chíchara”
- María de Jesús Martínez
- Margarita Rosas, “la Burra Panda”
- María Refugio López
- Lorenza Urrutia
- Soledad González
- María Guadalupe Villagrán
- Josefa Rodríguez
- María Muñoz
- Murcia Gallardo
- Antonia, anciana asesinada en 1908
Cada nombre es un eco apenas conservado en expedientes judiciales y notas de imprenta. La mayoría eran mujeres en situación de vulnerabilidad, invisibles para una ciudad que prefería no mirar hacia los márgenes.
El Chalequero en la cultura popular
Los crímenes inspiraron grabados de José Guadalupe Posada, donde la tragedia se volvió tinta y papel. También nutrieron la novela Carne de ataúd de Bernardo Esquinca, que revisita ese México oscuro donde modernidad y violencia caminaban juntas.
El caso del Chalequero no solo revela la historia de un asesino, sino también la fragilidad institucional de una época en la que el concepto de asesino serial ni siquiera existía. Su expediente es una grieta en la narrativa del orden porfiriano, un recordatorio de que bajo el traje planchado también puede latir el abismo.

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