En marzo de 1897 la Ciudad de México despertó con un escándalo que atravesó burdeles, cafés elegantes y redacciones de periódicos. La protagonista era María Villa, conocida como La Chiquita, una prostituta jalisciense que asesinó a otra mujer en lo que la prensa bautizó como el crimen de Tarasquillo.

Su historia no solo es la de un asesinato pasional. Es también un retrato crudo del Porfiriato, de la doble moral, del control sanitario sobre las “mujeres públicas” y del modo en que la prensa convertía a ciertas mujeres en espectáculo moral.

De Jalisco a los burdeles de la capital

María Villa nació en Jalisco, hija de campesinos humildes. Recibió educación básica e incluso pasó por un asilo tras la muerte de su madre. A los 13 años trabajaba como empleada doméstica. Según sus propios testimonios, fue seducida por el hijo de sus patrones y expulsada después. La historia se repitió con otros hombres.

Sin redes de apoyo y cargando el estigma social, terminó en manos de una reclutadora que la llevó a la capital para trabajar en prostíbulos. Tenía 15 años cuando comenzó su vida en el lupanar.

Durante el Porfiriato, las prostitutas eran registradas, vigiladas y sometidas a revisiones médicas periódicas para evitar la propagación de enfermedades venéreas. Vivían bajo reglamentos estrictos y bajo la sombra constante de la policía sanitaria. Eran toleradas, pero jamás aceptadas.

Salvador Ortigosa y el inicio de los celos

En uno de esos burdeles conoció a Salvador Ortigosa, pagador del ejército y cliente habitual. Con el tiempo se convirtió en su amante. La llevaba al teatro, a cenar y de paseo. Para una mujer atrapada en la precariedad, aquello parecía una promesa de redención.

Pero en 1896 comenzaron los rumores: Ortigosa también visitaba a otra prostituta, una española conocida como La Malagueña. Su nombre real era Esperanza Gutiérrez.

La tensión creció. Hubo enfrentamientos, insultos y agresiones. María cayó en una espiral de celos y consumo de morfina. La herida no era solo amorosa, era simbólica. En un mundo donde la respetabilidad era negada desde el origen, la única moneda era el afecto exclusivo de un hombre.

El crimen de Tarasquillo

La madrugada del 7 de marzo de 1897, después de una velada en un baile y varias copas encima, María decidió enfrentar a su rival en el burdel de la Plaza de Tarasquillo.

Subió hasta la habitación de Esperanza. Hubo insultos, provocaciones y forcejeo. María cayó al suelo. Entonces tomó la pistola que Ortigosa le había dejado para guardar y disparó.

Esperanza Gutiérrez murió. El escándalo fue inmediato.

La prensa convirtió a La Chiquita en figura pública. Grabadores como José Guadalupe Posada ilustraron la escena, representando a María vestida de negro con el arma en la mano y a la Malagueña de blanco, como un contraste moral dibujado en tinta.

Periódicos como El Imparcial difundieron el caso ampliamente. La ciudad entera debatía si una prostituta podía sentir celos “verdaderos” o si simplemente confirmaba el estereotipo de mujer perdida y violenta.

La cárcel de Belén y el estudio criminológico

María Villa fue enviada a la cárcel de Belén como presa número 4002 y sentenciada a 20 años. En prisión fue visitada por el criminólogo Carlos Roumagnac, quien la estudió como caso atípico. No encajaba del todo en los perfiles criminales de la época.

En sus declaraciones, María intentó cambiar la versión inicial y habló de accidente. También expresó arrepentimiento y desesperación. “¿Qué valgo? Nada”, llegó a escribir.

Paradójicamente, en Belén convivió con otra figura infame del siglo XIX, Guadalupe Martínez de Bejarano, conocida como La Mujer Verdugo.

Salvador Ortigosa prometió esperarla, pero terminó abandonándola por carta. La Chiquita sobrevivió al desengaño y se adaptó a la vida carcelaria, donde aprendió oficios y colaboró en actividades internas.

De la nota roja a la literatura

El crimen impactó tanto a la sociedad que incluso el escritor Federico Gamboa, quien frecuentaba esos ambientes, tomó elementos de aquel mundo para su novela Santa, publicada en 1903 y considerada uno de los primeros best sellers mexicanos.

La Chiquita quedó atrapada entre la condena moral y la curiosidad pública. Fue vista como pecadora, víctima, criminal y objeto de estudio. Su historia revela más que un crimen pasional: expone la violencia estructural, la desigualdad y la fragilidad de las mujeres marginadas en el México porfiriano.

María Villa no desapareció en el anonimato como tantas otras. La pasión la llevó al asesinato, y el asesinato la convirtió en leyenda urbana.