Hay criminales que desaparecen. Y hay otrxs que parecen desvanecerse dentro de una historia más grande que ellxs mismxs. Sharon Kinne pertenece a esta segunda categoría: una mujer que cruzó fronteras, cambió de nombre y dejó una estela de muerte… pero fue en la Ciudad de México donde su historia alcanzó su punto más oscuro y cinematográfico.

Cuando llegó a México en 1964, Sharon no era una desconocida para la justicia. Venía arrastrando sospechas de dos asesinatos en Estados Unidos: el de su esposo, James Kinne, y el de Patricia Jones. Había sido juzgada varias veces, absuelta en un caso y envuelta en procesos inconclusos en el otro. Pero antes de enfrentar un cuarto juicio, decidió huir.

México fue su refugio… y también su condena.

Bajo el nombre de “Jeanette Pugliese”, se instaló en el Hotel Gin, en la Colonia Cuauhtémoc junto a su pareja. En apariencia, era una turista más. Pero la calma duró poco.

La noche del 18 de septiembre de 1964, Sharon salió sola. Las versiones sobre lo que buscaba varían: dinero, medicinas, o simplemente moverse en una ciudad que aún le resultaba ajena. En ese trayecto conoció a Francisco Paredes Ordoñez, un ciudadano mexicoamericano.

Horas después, ambos estaban en una habitación de hotel.

Lo que ocurrió dentro de ese cuarto fue reconstruido después con versiones encontradas. Sharon afirmó que Ordoñez intentó abusar de ella y que disparó en defensa propia. Las autoridades mexicanas, en cambio, sostuvieron otra teoría: que Sharon intentó robarle y, al encontrar resistencia, le disparó por la espalda.

El resultado fue el mismo.

Ordoñez murió tras recibir impactos de bala. Y cuando un empleado del hotel, alertado por los disparos, entró a la habitación, Sharon volvió a accionar el arma. El hombre sobrevivió, pero quedó herido.

La escena no dejó espacio para la duda: Sharon fue arrestada esa misma noche.

Durante la investigación, surgió un detalle que conectó su pasado con ese momento: el arma utilizada en México era la misma que había sido usada años antes en el asesinato de Patricia Jones en Estados Unidos. Era como si su historia hubiera cruzado la frontera junto con ella, esperando el momento de revelarse.

El juicio se llevó a cabo en la Ciudad de México en 1965.

A pesar de su insistencia en que había actuado en defensa propia, las pruebas no jugaron a su favor. Fue declarada culpable del homicidio de Ordoñez y sentenciada inicialmente a 10 años de prisión, pena que posteriormente aumentó a 13 años tras una revisión judicial.

Fue entonces cuando nació su apodo en México: La Pistolera.

Sharon fue enviada a prisión en la capital, donde su figura comenzó a adquirir una dimensión casi legendaria. No solo por el crimen, sino por su personalidad: fría, calculadora, con una capacidad inquietante para adaptarse a cualquier entorno.

Pero la historia no terminó tras las rejas.

El 7 de diciembre de 1969, en una prisión de Iztapalapa, ocurrió algo que parecía sacado de una película. Durante un apagón, en medio de fallas de seguridad y vigilancia deficiente, Sharon desapareció.

No forzó cerraduras. No dejó señales claras. Simplemente… ya no estaba.

Su ausencia se detectó horas después, cuando no respondió a los conteos rutinarios. Para entonces, la ventaja era irreversible.

Las teorías se multiplicaron: sobornos a guardias, complicidad interna, disfraces, ayuda externa. Nada pudo comprobarse del todo. Lo único cierto era que una mujer condenada por homicidio había escapado de una prisión en la Ciudad de México sin dejar rastro inmediato.

La búsqueda fue intensa… pero breve.

En cuestión de semanas, las autoridades se quedaron sin pistas. Se creyó que había huido hacia Centroamérica. Otrxs pensaban que seguía oculta en la misma ciudad, diluida entre millones de rostros. La realidad tardaría más de cinco décadas en revelarse.

Durante todo ese tiempo, Sharon Kinne se convirtió en una sombra internacional. Su orden de arresto en Estados Unidos permaneció activa durante décadas, convirtiéndose en una de las más antiguas en la historia de ese país.

Y mientras tanto, en México, su historia quedó suspendida como un caso sin cierre.

No fue sino hasta 2025 que se confirmó lo improbable: Sharon había vivido durante años en Canadá bajo otra identidad, lejos de la persecución que alguna vez la rodeó. Murió en 2022 sin haber enfrentado nuevamente a la justicia.

Pero su paso por la Ciudad de México dejó una marca distinta.

Aquí no fue solo sospechosa.

Aquí fue culpable, prisionera… y fugitiva.

La historia de Sharon Kinne en la CDMX es la de una mujer que convirtió una huida en una cadena de decisiones cada vez más violentas. Una figura que, entre hoteles, tribunales y celdas, construyó una identidad que parecía imposible de atrapar.

Una pistolera que disparó, cayó… y aun así logró desaparecer.