Entre vapor mineral y el murmullo constante del tráfico que rodea el aeropuerto, la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe permanece como un secreto bien guardado del oriente de la Ciudad de México. Ubicada en las faldas del Peñón de los Baños, dentro del complejo de antiguos baños medicinales, este pequeño templo barroco es uno de los testimonios más singulares de la historia religiosa y social de la capital.

El Peñón fue, en tiempos prehispánicos, un islote rocoso en medio del Lago de Texcoco. Los pueblos nahuas lo llamaron Tepetzinco, el “cerro en medio de la laguna”. Desde entonces, sus aguas termales gozaban de fama curativa. Mujeres acudían después del parto y el sitio tenía un carácter sagrado que combinaba reposo, ritual y medicina tradicional. Tras la conquista, el lugar se transformó en espacio de recreo para la sociedad novohispana, que encontró en sus manantiales un punto de descanso a las afueras de la ciudad antigua.

La capilla fue concluida en 1765 por iniciativa de Carlos José Dueñas Pacheco. Su intención era sencilla y estratégica, permitir que quienes acudían a los baños pudieran cumplir con la misa dominical sin abandonar el recinto. El resultado fue un templo de estilo barroco novohispano, con fachada flanqueada por pequeños campanarios y una cúpula octogonal que se eleva sobre el conjunto. El interior resguarda un retablo del siglo XVIII de aproximadamente siete metros de altura, dedicado a la Virgen de Guadalupe y acompañado por representaciones de los evangelistas. También destaca el llamado Santo Cristo Morenito de la Salud, cuya devoción se entrelazó con la fama medicinal de las aguas.

Durante el siglo XIX, el complejo atrajo a viajeros, diplomáticos y científicos. El naturalista Alexander von Humboldt visitó el lugar en 1803 para analizar la composición mineral de los manantiales. Otros visitantes europeos describieron un conjunto arquitectónico que integraba capilla, patios, jardines y baños, convirtiendo al Peñón en un sitio recreativo frecuentado por personajes de alto perfil. Con el tiempo, el área llegó a contar con hotel, salones de baile y espacios sociales que ampliaron su prestigio.

El siglo XX marcó un periodo de abandono. Tras la Revolución mexicana, el conjunto perdió relevancia y la capilla quedó prácticamente olvidada hasta que en 1932 fue declarada monumento histórico. A pesar del crecimiento urbano y de la transformación de los baños, el templo logró conservar buena parte de su ornamentación original. El sismo de 2017 provocó daños importantes, pero posteriormente fue restaurado con apoyo institucional, lo que permitió recuperar su estabilidad estructural y preservar su valor patrimonial.

Visitar hoy la Capilla de Guadalupe del Peñón de los Baños es recorrer varias capas de la historia del Valle de México. Bajo su entorno se han hallado vestigios prehispánicos, restos arqueológicos y evidencias de antiguas construcciones lacustres. En sus muros barrocos permanece la huella colonial. Y a su alrededor, entre baños termales aún activos y edificios habitacionales, sobrevive la identidad de uno de los pueblos originarios de la alcaldía Venustiano Carranza.

En medio de avenidas rápidas y rutas hacia el aeropuerto, este templo parece discreto. Sin embargo, basta cruzar el acceso al complejo para encontrar un jardín central y corredores que conducen tanto a los baños medicinales como a la capilla. Más que un edificio religioso, es un punto de conexión entre el pasado lacustre, la espiritualidad novohispana y la vida cotidiana de la Ciudad de México contemporánea.