En el corazón del barrio de La Merced, entre el bullicio del comercio y las historias del viejo oriente de la ciudad, se encuentra uno de los tesoros más singulares del Centro Histórico: la Capilla de Nuestro Señor de la Humildad, también conocida como la Capilla de Manzanares. Con apenas 9 metros de largo por 4 de ancho, este pequeño recinto ostenta con orgullo el título de la iglesia más pequeña de la Ciudad de México… y una de las más queridas.

Un rincón con siglos de historia

Según la tradición, esta capilla es la última que queda en pie de las siete ermitas que Hernán Cortés mandó construir en el siglo XVI para “proteger espiritualmente” los límites de la naciente Ciudad de México. De esas antiguas construcciones, solo la Capilla de Manzanares sobrevivió el paso del tiempo.

En el siglo XVIII, fue remodelada y adquirió su actual retablo barroco de estilo churrigueresco, lleno de detalles dorados que contrastan con la sencillez del espacio. Aunque pequeña, la capilla tiene su propio órgano (que data de principios del siglo XX) y dos torres con campanario, un lujo arquitectónico en miniatura.

Entre leyendas y devociones

Con el paso de los siglos, la capilla se ganó una fama especial. Se dice que durante buena parte del siglo XX, era frecuentada por ladrones y trabajadoras sexuales, quienes entraban a pedir perdón antes de volver a sus vidas diarias. Esa conexión con los sectores marginados la convirtió en un símbolo de consuelo, humildad y esperanza para muchxs.

Hoy, es común ver a vecinxs, comerciantes y visitantes de todo tipo acercarse al altar para encender una veladora o hacer una oración. La fiesta del Señor de la Humildad, su patrón, se celebra cada 6 de agosto, entre mariachis, danzas y calle llena de flores.

Una comunidad que cuida y acompaña

Desde hace años, la capilla está a cargo de cuatro monjas carmelitas descalzas, quienes no solo cuidan del templo con cariño, sino que también acompañan espiritualmente a quienes llegan en busca de ayuda. Una de sus labores más significativas es el ritual de juramentación, donde ayudan a personas que luchan contra adicciones a comprometerse con su recuperación. En palabras de la hermana María Luisa: “Cuando podemos les damos un taquito, pero siempre, siempre damos consejo, escucha y oración”.

Un tesoro de fe y arquitectura

Aunque no figura en grandes recorridos turísticos ni en guías populares, la Capilla del Señor de la Humildad es uno de los espacios más vivos y auténticos del Centro Histórico. Su fachada barroca, sus detalles en cantera, la ventana octagonal del coro y los relieves de ángeles custodiando la cruz la hacen una joya escondida para quienes se detienen a mirarla con atención.

Y aunque sólo caben unas 20 personas sentadas en su interior, su alma es inmensa.