Caminar por la colonia Santa María la Ribera es toda una experiencia. Al recorrer sus calles y callejones es posible encontrarse con impresionantes casonas porfirianas junto a vecindades y viviendas modernas de lujo. Pasear por este barrio permite descubrir arquitectura jugendstil, ecléctica y art decó, así como un sinfín de rótulos que anuncian todo tipo de negocios. Es también un recorrido por historias que se esconden detrás de los muros de edificios donde vivió la crema y nata de la sociedad porfiriana y que, poco más de un siglo después, se convirtieron en ruinas o fueron rescatados para albergar restaurantes, gimnasios o vecindades.
Entre todos esos edificios centenarios de la colonia, en el número 69 de la calle Salvador Díaz Mirón hay una ruina que pasa fácilmente desapercibida. Al caminar por la calle es imposible no ver el edificio, aunque muchxs prefieren ignorarlo por su estado deteriorado que hace pensar que de sus puertas o ventanas podría salir algún ladrón o incluso un fantasma dispuesto a espantar a lxs curiosxs. Sin embargo, si te detienes y observas el inmueble desde la acera de enfrente, notarás que sobre la puerta principal se conserva una impresionante marquesina de hierro y vidrio que seguramente fue espectacular en su época. Encima de ella se distingue un frontón donde aún pueden verse las marcas de las letras que anunciaban el Teatro Bernardo García. Lo que hoy parece un edificio en ruinas es, en realidad, un sitio clave en la vida intelectual del México moderno.
Hacia 1905, Bernardo García, un acaudalado minero originario de Uruachi, Chihuahua, decidió comprar un terreno en la entonces lujosa Santa María la Ribera. Un año después, el 8 de septiembre, inauguró el Casino de Santa María[1], un lugar que pronto se convirtió en centro de reunión de la élite de la colonia. Allí, un grupo de intelectuales encabezado por Alfonso Cravioto, Alfonso Caso, Pedro Henríquez Ureña, Diego Rivera, José Vasconcelos y Ricardo Gómez Robledo, entre otros, fundó la Sociedad de Conferencias. Dos años más tarde, esta sociedad se transformaría en el Ateneo de la Juventud Mexicana, asociación que marcaría el rumbo filosófico y educativo del México del siglo XX.
Durante ese periodo, el Casino de Santa María fue sede de todo tipo de eventos: fiestas, conciertos, clubes literarios e incluso representaciones teatrales. El recinto contaba con restaurante, billares y “un salón para juegos lícitos”. No obstante, su vida como casino fue breve, pues poco tiempo después de su inauguración el edificio fue transformado en el Teatro Bernardo García[2]. Hoy existe muy poca información sobre este teatro; se cree que, más que un foro formal, continuó funcionando como casino en el que ocasionalmente se presentaban espectáculos teatrales y de danza, hipótesis respaldada por las escasas menciones documentadas en periódicos de la época.
No hay información documental que indique el momento exacto en que el Teatro Bernardo García cerró sus puertas para convertirse en el Cine Las Flores; sin embargo, se estima que alrededor de 1915 el minero chihuahuense transformó el recinto en uno de los primeros cines completamente públicos de la capital. A partir de entonces, el Cine Las Flores exhibió películas mexicanas e internacionales, además de prestar sus salas para conciertos y otros eventos sociales. Tras la muerte de Bernardo García en 1922, el cine y el inmueble comenzaron a quedar poco a poco en el olvido, hasta convertirse en la ruina que es hoy en día (y todo probablemente por algún problema de herencias).
Hoy en día, el edificio que alguna vez albergó el lujoso Casino de Santa María permanece en pie como una silenciosa cápsula del tiempo. Su deterioro contrasta con la intensa vida cultural que alguna vez lo definió, recordándonos que muchas de las historias que dieron forma a la ciudad sobreviven apenas en fachadas desgastadas, detalles arquitectónicos y nombres borrados por los años.
Aun así, basta detenerse unos minutos frente a la antigua marquesina para imaginar el bullicio de carruajes, tertulias intelectuales y funciones teatrales que alguna vez animaron este espacio. La ruina no solo es testimonio del abandono, sino también una invitación a mirar con otros ojos el patrimonio cotidiano de la ciudad, ese que se esconde en calles transitadas y que, sin darnos cuenta, sigue contando la historia cultural de la capital.
[1] Aquí es importante mencionar que existen muy pocas fuentes que hablen de este lugar. Por un lado, la cronista Karla Ceceña dice que el terreno se compró en 1905 y que el casino se inauguró en 1906; sin embargo, José Santos Valdés Martínez, Investigador del Centro de Investigación Teatral “Rodolfo Usigli”, asegura que ese 8 de septiembre fue la reinauguración del Casino que abrió dos años antes. Ambos autores hacen referencia a la nota “El Casino de Santa María” en El Mundo Ilustrado. Año XIII, T. II, Núm. l3 (23 de septiembre de 1906)
[2] De hecho, de acuerdo a José Santos, esta reinauguración en 1908 se hizo ya bajo la razón social de Tatro Bernardo García

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.