Durante los primeros días de febrero, la Ciudad de México se transforma en un gran mapa de exposiciones, ferias y encuentros que confirman su lugar como una de las capitales culturales más dinámicas de América Latina. La semana del arte no solo convoca a artistas, galerías y coleccionistas de todo el mundo, también convierte a la ciudad en un laboratorio donde se cruzan ideas, estéticas y formas de entender el arte contemporáneo más allá del mercado.

Lejos de ser una moda pasajera, este momento responde a una escena que ha crecido con fuerza tras la pandemia. El arte ya no se concentra en unos cuantos recintos, sino que se expande por museos, galerías independientes y espacios públicos. En este contexto, ferias como Zona Maco, Material y Salón Acme funcionan como ejes que articulan una conversación mucho más amplia sobre creación, pensamiento y ciudad.

Zona Maco, que celebra su 22ª edición, vuelve a marcar el ritmo con más de 25 exposiciones y alrededor de 70 actividades paralelas. Su apuesta curatorial se refuerza este año con secciones dedicadas al arte emergente y a espacios de reflexión, donde el intercambio importa tanto como la obra. Intervenciones como COLOSOS, de Diego Vega, en el Palacio de Bellas Artes, o los recorridos por exposiciones de Gunther Gerzso y Gabriel de la Mora en el Museo Tamayo, confirman la conexión entre la feria y los grandes recintos culturales de la ciudad. Con cifras que rondan los 80 mil visitantes, la semana del arte se ha convertido incluso en un fenómeno urbano que impacta en la vida cotidiana y el turismo cultural.

Más allá de los números, la Ciudad de México se distingue por una identidad propia dentro del circuito global. Artistas como Óscar Murillo, quien presenta El pozo de agua en la galería Kurimanzutto, subrayan esa condición híbrida donde lo público y lo privado, lo político y lo íntimo, se mezclan sin convertirse en discursos cerrados. Para Murillo, el arte sigue siendo un espacio de libertad y porosidad, una cualidad que encuentra eco en el ambiente abierto y flexible de la escena local.

En paralelo, Salón Acme consolida su perfil como plataforma para nuevas voces. Tras recibir más de 1,800 solicitudes, la feria reúne a 82 artistas y pone el acento en una museografía más cuidada y una experiencia de recorrido más concentrada. Con el Estado de Puebla como invitado, la edición suma actividades que dialogan con la gastronomía y la identidad regional, ampliando la noción de lo que puede ser una feria de arte. El crecimiento del público, que podría superar los 21 mil visitantes, refleja un interés cada vez más amplio y diverso.

Uno de los rasgos más celebrados de esta semana es que el arte no gira únicamente alrededor de la compraventa. Galerías como Travesía Cuatro apuestan por exposiciones de artistas mexicanos, mientras otras buscan fortalecer las adquisiciones institucionales y el coleccionismo joven, una estrategia clave para el futuro de la escena. La sensación compartida es clara: en la Ciudad de México el arte se vive, se discute y se disfruta con una libertad que la distingue de otras metrópolis.

Durante estos días, la ciudad entera parece latir al ritmo de las exposiciones. Las galerías se convierten en embajadoras culturales y los museos en puntos de encuentro donde se cruzan miradas locales e internacionales. Más que un evento, la semana del arte confirma que la Ciudad de México no solo participa en la conversación global, sino que la redefine desde su propia complejidad.