La plaza de la Ciudadela, de día, es un remanso de calma en el corazón de la ciudad. Sus senderos bordeados de árboles y sus esculturas centenarias invitan a pasear con tranquilidad. Durante los fines de semana, el espacio se transforma en un mercado de juguetes lleno de risas los pasillos, mientras personas de la tercera edad se reúnen para danzar al ritmo del danzón, contagiando a lxs transeúntes con la nostalgia de la música y los pasos medidos. Las sombras de los árboles se alargan con la luz del sol y todo parece seguro, ordenado, casi eterno.

Pero cuando cae la noche, la Ciudadela se convierte en otro mundo. A partir de las nueve o diez, el aire se carga de murmullos y movimientos furtivos. Hombres buscan encuentros sexuales con otros hombres, mientras algunos ofrecen su cuerpo como medio de trabajo. Las farolas dibujan siluetas y proyectan luces temblorosas sobre los senderos, iluminando escenas de deseo clandestino y figuras que se ofrecen al paso de curiosxs o clientes. Lo que de día parece un jardín apacible, de noche se transforma en un escenario donde la intimidad y la vulnerabilidad se mezclan con la clandestinidad y la urgencia.

Es en este escenario donde comienzan a contarse historias de lo inexplicable. En el asta bandera central, algunos aseguran haber visto a un hombre de edad avanzada, recargado y erguido, como si esperara a alguien. Su figura recuerda a la de un gigoló, paciente y solitario, que aguarda clientes en la penumbra. La primera vez que lo ven, muchos creen que es un hombre más del lugar; la segunda, al acercarse, descubren que no hay nadie allí. La figura desaparece como si se deshiciera en la neblina, dejando solo un escalofrío y la sensación de que algo antiguo y trágico se ha cruzado en su camino.

La leyenda es tan imprecisa como inquietante. Algunos dicen que podría tratarse del espíritu de Gustavo A. Madero o de Don Adolfo Bassó Bertoliat, víctimas de la Decena Trágica, torturados y asesinados en ese mismo lugar el 19 de febrero de 1913 por órdenes de Victoriano Huerta. Otros sostienen que es mucho más reciente, pues el hombre que aparece viste ropa moderna, similar a la que usarían los gigolós de los años noventa, lo que sugiere que podría ser el espíritu de uno de ellos, alguien que murió trágicamente, tal vez por una sobredosis, y cuya presencia quedó atrapada entre la vida y la muerte. Nadie sabe con certeza quién fue, ni por qué sigue rondando la plaza, esperando sin descanso.

Algunos noctámbulos afirman que verlo es advertencia y recuerdo a la vez, un recordatorio de que la Ciudadela no solo guarda la historia de los días soleados y las danzas al ritmo del danzón, sino también los secretos de la noche, los deseos prohibidos y los fantasmas de quienes nunca encontraron descanso. Así, la plaza, testigo del paso del tiempo y de la vida cotidiana, se convierte al caer la noche en un lugar donde el pasado y el presente se entrelazan, y donde el Gigoló Fantasma continúa aguardando a quien se atreva a cruzar sus senderos.

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