En la esquina donde hoy se cruzan República de Chile y Donceles, una de las intersecciones más antiguas del Centro Histórico, se levanta un edificio que suele pasar desapercibido para quienes caminan con prisa, pero que concentra siglos de historia política, urbana y simbólica de la Ciudad de México: el Palacio de los Condes de Heras y Soto.
Este inmueble virreinal de dos niveles y dos casas integradas en una sola fachada ocupa un punto estratégico de la antigua traza colonial, cuando estas calles se llamaban Manrique y la Canoa. Su elegante trabajo en cantera, especialmente visible en balcones, marcos y en el ángulo de la esquina, lo convierte en una de las piezas más refinadas del barroco civil del siglo XVIII.
De platero sevillano a palacio nobiliario
Aunque el edificio lleva el nombre de los condes de Heras y Soto, no fueron ellos quienes lo mandaron construir. El origen del palacio se remonta a 1760, cuando el platero sevillano Adrián Ximénez de Almendral, veedor de la latería, ordenó su edificación. Nueve años más tarde, en 1769, se añadió una construcción contigua destinada a su hija, formando el conjunto que hoy conocemos.
El detallado labrado de la cantera ha sido explicado por los especialistas justamente a partir del oficio de su primer propietario. Manuel Toussaint llegó a afirmar que no existían relieves comparables en la arquitectura civil novohispana, una delicadeza que todavía puede apreciarse en la fachada principal.
Los condes de Heras y Soto y la Casa de los Pimentales
A finales del siglo XVIII, la propiedad pasó a manos de la familia Heras y Soto, originaria de Santander, España. Sebastián Heras y Soto emigró a la Nueva España, hizo fortuna y recibió en 1811 el título de conde otorgado por Fernando VII. Su hijo Manuel Heras y Soto, segundo conde, fue una figura clave del México independiente; firmó el Acta de Independencia en 1821 y llegó a fungir brevemente como regente del Imperio antes de la coronación de Agustín de Iturbide.
La familia habitó el palacio solo durante dos generaciones. En la segunda mitad del siglo XIX, el inmueble comenzó a ser conocido como la Casa de los Pimentales, debido al matrimonio entre Mariana Heras Soto, única heredera, y Tomás López Pimentel, cuyos descendientes unieron ambos apellidos. Entre ellos destacó el filólogo Francisco Pimentel y Heras, figura central de la cultura mexicana decimonónica.
Un edificio con muchas vidas
Como muchos inmuebles históricos del Centro, el Palacio de los Condes de Heras y Soto tuvo múltiples usos. En la casa adjunta vivió entre 1865 y 1869 el historiador y filólogo Joaquín García Icazbalceta, uno de los intelectuales más importantes del siglo XIX mexicano.
Durante el siglo XX, el edificio fue sede de Ferrocarriles Nacionales, hasta que en 1972 fue adquirido por el entonces Departamento del Distrito Federal. Tras una restauración que devolvió su esplendor original, se convirtió en sede del Archivo Histórico del Distrito Federal, hoy Archivo Histórico de la Ciudad de México. Actualmente, también alberga al Instituto de Ciencia y Tecnología capitalino y al Fideicomiso del Centro Histórico.
La cabeza original del Ángel de la Independencia
Uno de los elementos más simbólicos que resguarda este palacio se encuentra en su interior: la cabeza original de la Victoria Alada de la Columna de la Independencia. Esta pieza resultó severamente dañada durante el terremoto del 28 de julio de 1957, cuando la escultura cayó tras balancearse violentamente durante más de un minuto.
El sismo, con epicentro en Guerrero y una intensidad devastadora para la capital, dejó a la ciudad en penumbras y provocó uno de los episodios más recordados de la historia urbana del siglo XX. La cabeza del Ángel, conservada aquí, es hoy un testimonio material de aquel acontecimiento y de la fragilidad de los símbolos nacionales.
Un palacio que resume la historia de la ciudad
Más que una residencia nobiliaria, el Palacio de los Condes de Heras y Soto es un archivo arquitectónico de la Ciudad de México. En sus muros convergen la opulencia virreinal, el nacimiento del país independiente, la modernización urbana y la memoria sísmica de la capital.
Ubicado en pleno corazón del Centro Histórico, este edificio demuestra que algunas de las historias más fascinantes de la ciudad no siempre están a la vista, sino resguardadas en silenciosos patios de cantera y documentos que datan desde 1524.

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