Entre museos, jardines y senderos arbolados, el Parque Tamayo parece, durante el día, uno de los espacios más tranquilos del Bosque de Chapultepec. Familias extendiendo mantas para picnic, niñas y niños corriendo hacia los juegos infantiles, ciclistas atravesando los andadores y perros paseando con sus dueños forman la escena habitual. Sin embargo, cuando cae la noche y el parque se vacía, algunxs visitantes aseguran que el lugar adquiere otra atmósfera, marcada por la presencia de una figura que ha dado origen a una de las leyendas urbanas más inquietantes de la zona: el Perro Infernal.

La historia comenzó a circular entre vigilantes nocturnos y vecinxs que afirmaban haber visto, en distintos puntos del parque, a un animal que no parecía del todo real. Lo describen como un perro similar al xoloitzcuintle, pero de mayor tamaño, musculoso y de movimientos extrañamente silenciosos. Sus ojos, dicen, brillan con un tono rojizo que contrasta con la oscuridad, mientras una especie de neblina tenue parece desprenderse de su cuerpo, como si el aire a su alrededor estuviera siempre frío.

Según quienes aseguran haberlo observado, la criatura no corre ni ataca al azar. Avanza con calma, olfateando el suelo, deteniéndose en ciertos puntos como si siguiera un rastro antiguo. El momento más inquietante ocurre cuando llega a un sitio detrás de la zona de juegos infantiles, donde comienza a escarbar con insistencia, como si tratara de desenterrar algo que permanece oculto bajo la tierra. Después de unos minutos, el animal simplemente se desvanece en la oscuridad, dejando el terreno intacto y a lxs testigxs con la sensación de haber presenciado algo imposible de explicar.

La leyenda sostiene que el Perro Infernal no es agresivo, a menos que alguien intente ahuyentarlo o lanzarle objetos. En esos casos —cuentan— el animal persigue al agresor hasta obligarlo a salir del parque, sin llegar a morderlo, como si su intención fuera únicamente expulsarlo del lugar que protege. Esta conducta ha alimentado la creencia de que el espectro no busca hacer daño, sino custodiar algo enterrado desde tiempos remotos.

Algunas versiones sugieren que en esa zona pudo existir un antiguo asentamiento o vestigio prehispánico, quizá una tumba o un pequeño templo hoy desaparecido bajo la urbanización del bosque. Otrxs prefieren una explicación más simbólica: el perro sería el espíritu de un animal que regresa cada noche al sitio donde alguna vez vivió o donde perdió a su dueño, condenado a repetir eternamente su búsqueda. La relación de los perros con el tránsito al inframundo en la tradición mesoamericana ha reforzado todavía más el misterio, convirtiendo al relato en una mezcla de imaginario prehispánico y tradición urbana contemporánea.

El contraste entre la calma diurna del parque y estas historias nocturnas resulta parte del encanto del lugar. A unos pasos del Museo Tamayo Arte Contemporáneo, rodeado de arquitectura moderna, áreas verdes y espacios recreativos, el Parque Tamayo sigue siendo un punto de encuentro cotidiano para miles de personas. Pero también, para quienes disfrutan de las leyendas capitalinas, permanece como uno de esos rincones donde la imaginación colectiva abre la posibilidad de que, cuando las luces se apagan y los senderos quedan vacíos, un guardián silencioso continúe recorriendo la noche en busca de aquello que jamás ha dejado de proteger.