El Estadio Ciudad de los Deportes no se eleva sobre la ciudad: se hunde en ella. Literalmente. Su cancha está varios metros por debajo del nivel de la calle, como si el edificio hubiera decidido esconderse del tiempo mientras lo observa pasar. Esa decisión arquitectónica, tan poco común, resume bien la historia del recinto, un lugar que ha sido central sin ser ostentoso, fundamental sin necesidad de monumento.
Inaugurado el 6 de octubre de 1946 como Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes, este espacio fue concebido como el corazón de un ambicioso proyecto urbano ideado por Neguib Simón Jalife. La idea era levantar una ciudad dedicada al deporte, el entretenimiento y la vida moderna, con estadios, teatros, galerías, albercas y zonas recreativas. El sueño quedó inconcluso, pero dos piezas sobrevivieron: la Plaza de Toros México y este estadio, diseñados y supervisados por el ingeniero Modesto C. Rolland, aprovechando las profundas excavaciones que había dejado una antigua ladrillera en la zona de Nochebuena.
Desde sus primeros años, el estadio fue escenario de momentos fundacionales. Antes de ser territorio del futbol, albergó partidos de futbol americano, incluyendo su inauguración con un duelo entre los Pumas de la UNAM y el Heroico Colegio Militar. Poco después, el balón redondo tomó el control del espacio. Aquí se jugó el primer partido internacional de clubes en la posguerra, se presentó por primera vez la selección mexicana de futbol y se disputó la Copa NAFC de 1949, el primer torneo internacional de futbol organizado en México, que además clasificó al país al Mundial de Brasil 1950.
A lo largo de las décadas, el estadio ha sido muchas cosas y ha tenido muchos nombres. Fue Olímpico, Azulgrana, Azul y, finalmente, Ciudad de los Deportes otra vez. Ha sido casa de equipos históricos como Atlante, Cruz Azul, América, Necaxa y Pumas; sede de finales, clásicos, liguillas, torneos universitarios y partidos internacionales; refugio temporal durante remodelaciones ajenas y escenario de regresos inesperados. También conoció largos periodos de abandono, clausuras administrativas, conflictos legales y promesas de demolición que nunca se cumplieron.
Su historia no es lineal ni triunfalista. Es una historia de idas y vueltas, de usos intermitentes, de tensiones entre lo público y lo privado. En distintos momentos, el estadio pareció quedar fuera de época, demasiado lejos, demasiado costoso, demasiado incómodo. Y aun así, siempre regresó. Como si la ciudad se negara a perderlo del todo.
Más allá del deporte, el Estadio Ciudad de los Deportes ha sido escenario de eventos políticos, religiosos y sociales, además de aparecer en el cine y albergar hitos como el primer partido de la NFL fuera de Estados Unidos, en 1978. Con capacidad para 36,681 personas, palcos, zonas de prensa y una infraestructura que ha sido adaptada una y otra vez, el recinto se mantiene funcional, aunque marcado por el paso del tiempo.
Hoy, mientras la Ciudad de México se prepara para el Mundial de 2026 y el Estadio Azteca entra en proceso de remodelación, el viejo estadio de Insurgentes vuelve a cobrar protagonismo. Su presencia recuerda que la ciudad no solo se construye hacia arriba, sino también hacia abajo, sobre capas de historia que siguen activas.
El Estadio Ciudad de los Deportes no es solo un inmueble deportivo. Es un archivo vivo de la ciudad, de sus ambiciones modernas, de sus fracasos urbanos, de sus pasiones colectivas y de su obstinada capacidad para reutilizar el pasado sin borrarlo. Un espacio que, desde el subsuelo, sigue contando la historia de México a estadio lleno.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.