Sobre la avenida Instituto Politécnico Nacional se levanta una estructura amplia y moderna que hoy conocemos como el Centro Cultural Futurama. De día es un hervidero creativo: talleres de música, clases de danza, exposiciones, festivales, jóvenes ensayando guiones y familias entrando al cine con palomitas en mano. Pero cuando cae la noche y el eco sustituye al bullicio, el edificio parece cambiar de ánimo.
Antes de ser centro cultural, fue el legendario Cine Futurama, inaugurado en 1969. En su momento fue uno de los cines más grandes de la ciudad, con capacidad para casi cinco mil personas. Las filas daban vuelta a la esquina y las funciones de las cuatro de la tarde reunían a decenas de niñas y niños que veían en esa sala enorme una ventana luminosa hacia otros mundos.
Hoy el edificio conserva algo de esa memoria. Y quizá también a alguien.
Vigilantes, montajistas y personas que se han quedado tarde preparando exposiciones cuentan una historia que se repite con pequeñas variaciones. Primero, el ambiente se enfría sin explicación. No es una corriente de aire ni el aire acondicionado. Es una sensación que se instala en la piel. Luego, se escuchan pasos lejanos, rápidos, como si alguien pequeño corriera por los pasillos.
Los pasos se detienen. Se vuelven lentos. Casi sigilosos.
De pronto, un objeto cae al suelo. Un cuadro se inclina. Algo se mueve donde nadie debería estar. Al voltear, algunos aseguran haber visto a una niña vestida con ropa de los años setenta u ochenta, escapando entre las salas como quien acaba de hacer una travesura y no quiere ser regañada.
La llaman La Niña del Cine Futurama.
Algunos vigilantes incluso le han puesto nombre: Brenda. Dicen que en los años setenta u ochenta había una niña que acudía cada semana con su mamá a las funciones infantiles. Siempre a la misma hora. Siempre en la misma fila. Se emocionaba tanto que el personal la reconocía de inmediato. Pero la historia toma un giro oscuro: Brenda enfermó de leucemia y, antes de morir, pidió ver una película más en ese cine que tanto amaba. Poco después de aquella última función, falleció.
Quienes creen en la leyenda dicen que su espíritu nunca se fue del todo. Que sigue recorriendo el edificio que le regaló sus momentos más felices. Que corre entre las salas no para asustar con maldad, sino para hacerse notar. Como si todavía esperara que se apaguen las luces y comience la función.
El actual Centro Cultural Futurama, abierto en 2009 tras la compra y transformación del antiguo cine, es hoy uno de los espacios culturales más importantes del norte de la Ciudad de México. Con salas de exposición, biblioteca, cine, ludoteca y talleres artísticos, es un punto de encuentro comunitario vibrante. Pero también es un lugar donde el pasado no terminó de irse.
Quizá por eso, cuando el edificio queda en silencio y las luces se apagan una a una, algunos aseguran escuchar pasos diminutos corriendo hacia la oscuridad. Como si alguien se escondiera detrás del telón invisible del tiempo.
Y tal vez, en algún rincón del Futurama, todavía haya una niña esperando que empiece la próxima película.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.