En la esquina de Avenida Repúblicas y Monrovia, en el corazón de la colonia Portales, se abre la Glorieta Enrique Ramírez y Ramírez. Oficialmente honra a un político y periodista que acompañó a José Vasconcelos en su campaña presidencial y que presidió la Cámara de Diputados en 1977. Pero en la memoria nocturna del barrio, la glorieta tiene otro nombre.

Lo llaman el Jinete de la Portales.

Cuando la luna se esconde y el silencio cae como una manta sobre el asfalto, hay quienes escuchan algo que no pertenece al tránsito moderno: cascos. Lentos. Firmes. El sonido no viene de ninguna calle cercana. Resuena justo en la glorieta, marcando un compás antiguo que parece medir un tiempo distinto al nuestro.

Algunxs vecinxs aseguran haberlo visto. Un hombre vestido como a mediados del siglo XIX, impecable incluso en la penumbra, cabalgando un corcel negro cuyos ojos arden con un rojo tenue, como brasas protegidas del viento. El jinete da una o dos vueltas completas al pequeño círculo vial y luego se disuelve en una bruma fría que deja la piel erizada.

Nadie ha logrado seguirlo.

La leyenda dice que pertenece a uno de los antiguos dueños de la Hacienda de Nuestra Señora de la Soledad de los Portales, el vasto territorio agrícola que dio nombre a la colonia. En el siglo XVII comenzó su historia virreinal, y con el tiempo se convirtió en una de las haciendas más productivas que abastecían a la Ciudad de México. Por sus caminos de terracería pasaban mercancías rumbo a la antigua Calzada de Tlalpan, y entre sus árboles descansaron figuras históricas. Incluso se cuenta que la emperatriz Carlota se detuvo a contemplar el paisaje en uno de sus paseos.

Pero la historia del jinete no habla de poder ni de producción, sino de duelo.

El hacendado, dicen, estaba profundamente enamorado de su esposa. Una mujer hermosa, cercana a círculos políticos y sociales de su época. Un día, ella enfermó de forma repentina. Su salud se deterioró con rapidez. En un intento desesperado por aliviar su ánimo, él la llevó a cabalgar por los terrenos de la hacienda. Entre árboles y senderos, ella murió en sus brazos.

Desde entonces, el hombre quedó quebrado. Descuidó tierras, ganado, cuentas y rutinas. Se descuidó a sí mismo. Hasta que una tarde, mientras recorría a caballo los mismos caminos que habían sido escenario de su última esperanza, murió sobre su montura.

Lxs que creen en lo esotérico dicen que el dolor intenso puede abrir portales invisibles. Que hay círculos que no se trazan con sal ni con velas, sino con pasos repetidos y promesas rotas. La actual glorieta, levantada sobre tierras que alguna vez pertenecieron a la hacienda, sería el punto donde ese duelo quedó sellado como un acto inconcluso.

El jinete no aparece para asustar. Aparece para completar un trayecto. Cada vuelta es un rito silencioso, una invocación involuntaria que mantiene vivo el recuerdo de lo perdido. La glorieta funciona como un altar urbano, un círculo perfecto donde el pasado y el presente se rozan apenas por un instante.

Y así, mientras la Portales sigue latiendo con escuelas, mercados, estaciones de metro y avenidas que conectan con toda la ciudad, en ese pequeño punto de asfalto persiste un ritual antiguo.

Uno que no necesita testigos para repetirse.