En el Puente del Púlpito, que cruza el Paseo del Río en Chimalistac, se esconde un espectro que ha desafiado el paso del tiempo. Durante el día, el puente parece ser solo un recuerdo de épocas antiguas, un vestigio de cuando los monjes recorrían la zona para practicar sus sermones. Pero cuando cae la noche y la luna nueva oscurece el cielo, algo cambia, una ligera bruma envuelve el puente y, de ella, emerge la figura de un monje.

Lxs vecinxs que han tenido la valentía —o la desgracia— de verlo, cuentan que el hombre camina con paso lento pero firme, hasta detenerse en el centro del puente. Allí, levanta las manos y empieza a dar un sermón que nadie puede escuchar, aunque las palabras resuenan en un idioma antiguo: latín. Algunxs aseguran haber oído fragmentos de su plegaria: “Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis” —Dales, Señor, el descanso eterno, y que la luz perpetua los ilumine—. Su rostro permanece oculto bajo la capucha, y el aire a su alrededor se vuelve pesado, frío, como si el tiempo se detuviera por un instante.

Se dice que este monje perteneció a la orden de los Carmelitas Descalzos, quienes dominaron Chimalistac durante siglos y utilizaron el puente para practicar sermones y predicaciones. Durante los años de dominio colonial, la zona servía como huerto y espacio de retiro espiritual, y se cree que este monje fue víctima de algún oscuro secreto; quizás un accidente durante sus prácticas, o un castigo impuesto por sus propios hermanos de orden. Desde entonces, su espíritu quedó atrapado en el puente, repitiendo eternamente su plegaria, buscando un descanso que nunca llegó.

Chimalistac, con sus calles empedradas, casonas del siglo XIX y restos del México prehispánico, ofrece un escenario perfecto para este tipo de manifestaciones. Sus puentes, como el del Púlpito, eran puntos de paso y reflexión; hoy, son lugares donde el pasado y el presente parecen superponerse. Quienes se han aventurado a caminar por el puente durante la madrugada, aseguran que la bruma se enrosca a su alrededor y que la voz del monje los sigue hasta Insurgentes, helando su sangre y llenando su mente de un miedo antiguo.

La leyenda dice que si escuchas con atención y permaneces en silencio, podrías oír la plegaria completa, pero con cada palabra tu corazón se acelera y tu alma siente la presencia de lo eterno, recordándote que algunos espíritus nunca descansan, y que el Monje de Chimalistac aún guarda los secretos de un tiempo olvidado.

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