El Bosque de Chapultepec siempre ha sido un lugar cargado de misterio. Bajo la sombra de sus árboles centenarios, entre sus monumentos y rincones escondidos, se cuentan infinidad de historias que mezclan lo histórico con lo sobrenatural. Pero hay un sitio en particular que, al caer la medianoche, adquiere un aire mucho más siniestro: los Jardines de las Serpientes, junto al Cárcamo de Dolores.

De día, este espacio parece inofensivo. Lxs corredorxs atraviesan el jardín, políticos trotan custodiados por sus escoltas y las familias pasean sin miedo entre las esculturas de serpientes emplumadas que rodean la torre central. Sin embargo, entre la medianoche y las tres de la mañana, todo cambia. El viento se enrarece, el silencio se espesa y quienes se atreven a pasar aseguran haber visto algo que no pertenece al mundo humano.

Cuentan que en esas horas aparece una criatura que los antiguos llamarían nahual, un ser de lomo encorvado, cuerpo alargado como el de un perro gigantesco, hocico puntiagudo y colmillos filosos que relucen bajo la luna. Sus movimientos son rápidos, casi felinos, y en ocasiones, cuando el ojo humano intenta seguirlo, su andar se vuelve inquietantemente humano.

Lxs testigxs más desafortunados lo han visto llegar hasta las esculturas de serpientes, donde ocurre lo más perturbador; la criatura se retuerce, y poco a poco adquiere una forma más humana, grotesca, como un hombre desnudo cubierto de sombras que parece buscar algo desesperadamente entre las piedras. Algunxs aseguran que se inclina sobre las esculturas como si conversara con ellas, otrxs dicen que rebusca entre la tierra como quien busca un objeto perdido. Después de un rato, vuelve a adoptar su forma animal y desaparece de un salto hacia la oscuridad.

La leyenda sostiene que este nahual proviene del cercano Panteón de Dolores o quizá de la tercera sección del bosque, lugares ya de por sí cargados de misterio. Dicen que los nahuales, para transformarse, deben mutilarse, cortarse brazos o piernas que luego vuelven a colocarse al recuperar la forma humana. Por eso, algunxs creen que la criatura ronda los Jardines de las Serpientes buscando una extremidad perdida, un fragmento de sí mismo que necesita para regresar a su forma original.

El hecho de que lo haga precisamente en ese sitio no es casualidad. El Cárcamo de Dolores no sólo es una obra hidráulica de los años cincuenta, diseñada por Ricardo Rivas y decorada por Diego Rivera, es también un espacio cargado de simbolismo prehispánico, con serpientes y deidades acuáticas que evocan a Tláloc y Quetzalcóatl. Quizá por eso, el nahual se siente atraído hacia los jardines, como si las serpientes de piedra custodiaran el secreto de su origen.

Sea cual sea la verdad, una advertencia ha corrido de boca en boca entre los vigilantes nocturnos: si en la madrugada escuchas pasos ágiles o un gruñido bajo cerca de las serpientes, no intentes mirar. Mucho menos seguirlo. El nahual no busca compañía… busca completarse.

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